Especialistas del INTA advierten que la estructura laminar —una alteración que se desarrolla en los primeros 2 a 12 centímetros del perfil del suelo— puede pasar completamente desapercibida en los análisis físicos convencionales y, al mismo tiempo, reducir la infiltración de agua entre un 50% y un 70%, restringir el crecimiento radicular e incrementar el riesgo de erosión hídrica. El fenómeno afecta especialmente a sistemas bajo siembra directa y requiere herramientas de diagnóstico visual para ser identificado.
La densidad aparente, la resistencia mecánica a la penetración, la estabilidad de agregados y la tasa de infiltración son los indicadores físicos más utilizados para evaluar el estado del suelo. Pero todos presentan limitaciones: pueden no reflejar problemas estructurales que sí tienen impacto funcional sobre el cultivo. La estructura laminar es el ejemplo más claro de esa brecha.
“Un aspecto clave es que este tipo de estructura no siempre se asocia a valores elevados de densidad aparente, por lo que puede pasar desapercibida en indicadores tradicionales, aunque tenga fuerte impacto funcional”, advirtió Carolina Sasal, especialista en recursos naturales y gestión ambiental del INTA.
La formación de estas láminas horizontales de agregados planos no responde directamente a la siembra directa sino a la interacción entre el manejo del sistema, la historia de uso del lote, los procesos de compactación y los ciclos de humedecimiento y secado. Puede desarrollarse incluso en sectores donde no hay huellas visibles de maquinaria.
Un ensayo de campo de cinco años midió la velocidad del problema: la proporción de estructura laminar en el horizonte superficial pasó de no estar presente al inicio del estudio a ocupar cerca del 50% de la superficie del perfil. Trabajos de laboratorio confirmaron que los ciclos de humedad y sequía favorecen el crecimiento de estas estructuras, especialmente en suelos previamente compactados.
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Los síntomas visuales que permiten identificarla en el lote son concretos: capas horizontales de agregados planos, raíces que crecen lateralmente en lugar de profundizar, fracturas paralelas a la superficie e interrupción de macroporos continuos. Cuando esas señales aparecen, las consecuencias ya están en marcha: reducción de hasta el 70% en la tasa de infiltración, mayor escurrimiento superficial, riesgo de erosión hídrica, restricción del crecimiento radicular y episodios de anoxia transitoria por falta de aireación.
“La combinación de mediciones cuantitativas con herramientas visuales e integradoras resulta la estrategia más completa para diagnosticar limitantes al crecimiento radicular y al movimiento de agua y aire, orientando con mayor precisión las decisiones de manejo”, concluyó Sasal. En sistemas donde la siembra directa se consolidó como práctica dominante, detectar a tiempo la estructura laminar puede marcar la diferencia entre un suelo que funciona y uno que pierde productividad silenciosamente campaña tras campaña.








































