Investigadores del INTA Salta y del Instituto de Genética del INTA desarrollaron nuevas poblaciones de chía que acortan alrededor de 30 días su ciclo biológico y son prácticamente insensibles al fotoperíodo, una característica que permite ampliar la ventana de siembra respecto de los materiales comerciales. El avance, obtenido mediante mutaciones inducidas, abre nuevas posibilidades de manejo para el cultivo en el NOA, con fechas que podrían extenderse desde enero hasta fines de febrero e incluso alcanzar la primavera cuando exista humedad suficiente.
Una limitación de la chía que el INTA busca superar
La sensibilidad al fotoperíodo es una de las principales restricciones que condicionan las fechas de implantación de la chía comercial.
Las variedades tradicionales responden a la duración del día para iniciar determinadas etapas de su desarrollo, lo que concentra la siembra dentro de una ventana relativamente estrecha y reduce el margen disponible para ajustar el cultivo frente a las condiciones ambientales de cada campaña.
El trabajo realizado por especialistas del INTA apunta directamente a modificar esa característica.
A partir de mutagénesis, los investigadores obtuvieron poblaciones con un comportamiento diferente: las nuevas plantas presentan una sensibilidad al fotoperíodo marcadamente menor y pueden completar su ciclo en menos tiempo.
“Estas variedades se han obtenido a través de mutagénesis, ya sea de manera natural o inducida. Esto quiere decir que, a diferencia de la chía comercial cuya ventana de siembra es muy restringida debido a su alta sensibilidad al fotoperíodo, las plantas mutadas son prácticamente insensibles al fotoperíodo”, explicó Martín Acreche, investigador del INTA Salta.
El ciclo se acorta alrededor de 30 días
Una de las consecuencias más importantes de este comportamiento es la reducción de la duración del cultivo.
Las nuevas poblaciones completan su ciclo biológico aproximadamente 30 días antes que los materiales comerciales, lo que podría ofrecer mayor flexibilidad para incorporarlas dentro de distintas secuencias productivas.
La menor duración también reduce el período durante el cual el cultivo permanece expuesto a eventos que pueden afectar su rendimiento.
Entre ellos aparecen factores bióticos, como plagas y enfermedades, y factores abióticos vinculados con las condiciones meteorológicas adversas.
Acortar el ciclo no implica, según los ensayos realizados hasta el momento, resignar necesariamente productividad.
Las evaluaciones mostraron que el manejo agronómico es similar al utilizado con la chía tradicional y que no se observaron grandes diferencias de rendimiento respecto de los materiales comerciales.
La ventana de siembra podría extenderse
La menor dependencia del fotoperíodo también permite modificar uno de los puntos más sensibles del manejo: la fecha de implantación.
“Mientras que la siembra tradicional se concentra en febrero, esta nueva tecnología permite extenderla desde enero hasta fines de febrero”, señaló Acreche.
Pero la posibilidad podría ir más allá.
“A su vez, abre la posibilidad de sembrar en septiembre u octubre, siempre que el lote cuente con la humedad necesaria”, agregó el especialista.
Esta característica ampliaría considerablemente las alternativas para ubicar al cultivo dentro de las rotaciones y permitiría seleccionar la fecha de implantación de acuerdo con las condiciones ambientales y productivas de cada establecimiento.
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Plantas más bajas y posibilidad de aumentar la densidad
Las nuevas poblaciones también presentan cambios en su arquitectura.
Las plantas alcanzan una menor altura, lo que permitiría incrementar la cantidad de individuos por unidad de superficie.
De acuerdo con los investigadores, esta característica abre la posibilidad de aumentar e incluso duplicar la densidad de siembra, con el objetivo de aprovechar mejor el espacio disponible y potenciar la productividad por hectárea.
El desafío será determinar cómo responde cada población a diferentes combinaciones de densidad, ambiente y fecha de implantación antes de definir recomendaciones específicas de manejo.
Un cultivo con alto contenido de omega-3
La chía posee además un perfil nutricional que explica buena parte de su interés comercial.
Sus semillas presentan entre 25 y 38 % de aceite, con una elevada proporción de ácidos grasos omega-3 que puede superar el 64 % del perfil lipídico.
También contienen entre 19 y 23 % de proteínas, una concentración superior a la registrada en varios cereales tradicionales.
Hasta el momento, la reducción del ciclo no mostró alteraciones relevantes en el valor nutricional ni en el rendimiento de las poblaciones evaluadas.
Ahora investigan si también mejoró la calidad del grano
El próximo paso será determinar si las mutaciones que modificaron la duración del ciclo y la respuesta al fotoperíodo también generaron cambios favorables en la composición de las semillas.
Los especialistas pondrán especial atención sobre el perfil de ácidos grasos, debido al peso que tiene el contenido de omega-3 en la valorización comercial de la chía.
La expectativa es comprobar si, además de ofrecer ventajas agronómicas, los nuevos materiales pueden sumar mejoras en la calidad del producto final.
“De confirmarse estos resultados, la chía de ciclo corto podría posicionarse como una población clave para el futuro del cultivo en la región, ofreciendo ventajas comerciales y de manejo de la planta para el productor”, concluyó Acreche.
El desarrollo abre así una nueva etapa para un cultivo que busca ganar flexibilidad productiva en el NOA: menos dependencia de la duración del día, alrededor de un mes menos de ciclo y más opciones para decidir cuándo sembrar.







































