Sun Wei, empresario chino al frente de la firma New American World, aterrizó hace apenas dos meses en un feedlot ubicado entre Saladillo y General Alvear, en la provincia de Buenos Aires, con una meta que sacudió a la zona: engordar 100.000 cabezas de ganado por año en suelo argentino. Lo hizo de la mano del productor Antonio Riccillo, de 71 años, quien lleva cuatro décadas construyendo un polo productivo diversificado en el paraje El Mangrullo. Ya tienen cerca de 700 animales en los comederos y el plan es escalar rápido. Lo que distingue al acuerdo de la histórica relación comercial con Asia es inédito: por primera vez, un inversor chino no compra la carne faenada sino que comparte el riesgo del engorde desde cero.
La historia de Riccillo no empieza en el campo. Creció lejos de las vacas, con carencias, y fue su habilidad para la electrónica la que le dio el primer capital: el desarrollo de un equipo de telefonía inalámbrica le permitió comprar sus primeras hectáreas y entrar al agro. Con ese envión llegó al paraje El Mangrullo, donde a base de asociaciones y prueba y error construyó un esquema productivo que hoy excede ampliamente a los vacunos: casi 5.000 madres porcinas en producción intensiva, seis granjas avícolas, una planta de extrusado de soja y una planta de bioenergía que inyecta electricidad a la red nacional. La economía circular y los biofertilizantes son su última apuesta.
Fue esa gimnasia de armar sociedades y gestionar capitales la que allanó el camino para recibir a Sun Wei. El nexo llegó por recomendación de uno de los frigoríficos exportadores más grandes del país. “Empezamos a trabajar explorando qué negocio hacer”, recuerda Riccillo sobre los primeros acercamientos. Todavía recuerda el día en que un empleado del campo miró con desconfianza las dos sandías que Wei llevaba bajo el brazo cuando llegó por primera vez al paraje: su cultura, basada en la atención y el respeto, le impedía llegar con las manos vacías a un asado. Con el tiempo ese vínculo se fue consolidando, con ayuda de un traductor y de inteligencia artificial para sortear la barrera del idioma.
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Lo que hace diferente a este acuerdo es el nivel de involucramiento en la producción. “Hasta ahora los chinos compran la vaca o la carne en el frigorífico, hacen la faena y se la llevan”, explica Riccillo para marcar el contraste. En este caso, Wei compra la hacienda a nombre de su firma y la envía a los corrales de Saladillo. El equipo de Riccillo se encarga de sumarle los kilos antes de que el propietario la mande a faenar al frigorífico que elija. Operan como un servicio de hotelería del feedlot, compartiendo el riesgo del engorde. Arrancaron con vacas para invernada y ya tienen cerca de 700 animales en los comederos, con planes de sumar pronto novillos pesados.
La ambición del inversor chino no se detiene ahí. “La idea que ha expresado es que quiere llegar, en un par de meses más, a tener 2.000 animales y luego traer a algunos otros inversores de China. Ahí expresó una cosa muy ambiciosa: ‘Queremos engordar 100.000 animales por año'”, relató Riccillo. Para él, la cifra es exorbitante pero no imposible dentro de una proyección razonable. Durante este año, el establecimiento también recibió delegaciones japonesas vinculadas a proyectos de inversión en carnes argentinas, lo que sugiere que El Mangrullo se está convirtiendo en un punto de referencia para el capital asiático interesado en la cadena ganadera argentina.
Sin embargo, el camino no está libre de obstáculos. El precio del ternero está “explosivo” y el atraso cambiario complica la ecuación para el inversor extranjero. “Hoy no le da, porque el dólar a este precio no le cierra a nadie”, reconoce Riccillo. La inflación en pesos impacta en todos los costos: los sueldos, los servicios, la energía. A eso se suman trabas burocráticas que erosionan la rentabilidad en silencio: las menudencias que no pueden ingresar a China por falta de gestiones ágiles entre funcionarios, y cortes que los asiáticos pagarían 2.000 dólares la tonelada pero que terminan malvendiéndose en África a 600 dólares.
El productor también pone el foco en el estancamiento del stock bovino argentino. Mientras Brasil multiplicó su rodeo hasta quintuplicar al argentino con políticas de Estado, la Argentina lleva décadas sin un plan ganadero sostenido. “Yo no recuerdo nunca un plan ganadero, un plan de desarrollo del Estado”, dice. Y advierte sobre un cambio de etapa en el mercado chino: durante años China absorbió vacas de poco valor en otros destinos, pero ese ciclo empieza a agotarse. “Cada vez va a haber menos vacas destinadas para vender a China”, sostiene. El futuro, para él, está en los cortes premium, la cuota Hilton y la exportación directa a nichos de alto valor.
“La Argentina tiene una marca impuesta: produce buena carne y la carne nuestra es rica”, remató Riccillo. La llegada de Sun Wei a sus corrales puede ser el inicio de un modelo de integración con el capital asiático que va mucho más allá de la exportación de carne faenada. Si la macroeconomía acompaña y las trabas burocráticas se despejan, El Mangrullo podría convertirse en el laboratorio de una nueva forma de vincularse con el mercado más grande del mundo.









































