La historia de César y Stella: dos cosechadoras de los ’70 que siguen trabajando el campo

En San Vicente, Santa Fe, César Cignetti (61) recuperó dos cosechadoras de los años ’70 —una comprada en un desarmadero en 1992 y otra adquirida en el año 2000— y las adaptó a los rindes actuales para seguir usándolas en cada campaña junto a su esposa, Stella Vallejos, quien también aprendió a manejarlas y se convirtió en su compañera de trabajo rural.

De aprendiz adolescente a productor: los orígenes de una pasión heredada

A los 15 años, César empezó a trabajar junto al hermano de su abuelo, atraído por los tractores y las cosechadoras. “Yo comencé con el hermano de mi abuelo. Tenía 15 años y siempre me gustaron los tractores y las máquinas, sobre todo las cosechadoras”, recordó. Aunque cursaba la escuela técnica, el estudio no lo entusiasmaba demasiado, hasta que su tío le propuso sumarse al trabajo rural: “Si no querés estudiar más, vení acá, nosotros te vamos a dar una mano y te vamos a enseñar”. Desde entonces, la idea de tener su propia máquina y trabajar el campo de su abuelo quedó instalada.

César y su esposa Stella
César Cignetti y Stella Vallejos

Una cosechadora rescatada de un desarmadero

Tras la muerte de su abuelo, César acordó con su abuela retomar el campo familiar y, en 1992, compró su primera cosechadora: una modelo 1009 del año 1974, hallada en un desarmadero y en muy mal estado. “Si hubieras visto cómo estaba eso… Dios mío. La desarmé toda y la reformé completa”, relató. La restauración profunda llegó en 1995, y en 2000 sumó una segunda unidad, que reacondicionó de manera similar. Ambas siguen activas hoy.

Fierros de los ’70, adaptados a los rindes de hoy

Restaurar no fue solo una cuestión estética. César entendió que las máquinas habían sido diseñadas para rendimientos muy inferiores a los actuales. “Esa máquina fue diseñada para rindes de 2.500 o 3.000 kilos. Con la genética y la fertilización de la actualidad, los rindes se duplicaron”, explicó. Entre las modificaciones, intervino el motor Mercedes 1114 y le incorporó turbo, amplió la capacidad de trabajo, modificó los sacapajas, la camisa y el zarandón —al que le sumó unos 50 centímetros—, además de agregar copiado de terreno, aire acondicionado y sistema Vigía.


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Stella, al volante de cada campaña

La historia de César está unida a la de Stella Vallejos, su esposa, quien aprendió a manejar las cosechadoras y se convirtió en parte activa del trabajo. “Me iba acompañando y después me fue enseñando. Primero él controlaba si la máquina tiraba, bajaba a revisar y después ya andaba sola”, contó. Incluso durante un embarazo continuó manejando, con autorización médica: “Le pregunté a mi ginecóloga si podía manejar y me dijo que sí, que no había problema”. Con el tiempo aprendió a reconocer sonidos y fallas propias de la máquina: “Si siento algo raro, lo llamo. Le digo si escucho una correa o algún ruido, y él se acerca a revisar”.

De las 173 hectáreas propias a prestar servicio a los vecinos

Cada campaña, César cosecha primero sus propias 173 hectáreas y luego presta servicio a productores vecinos, ubicados entre tres y cinco kilómetros de distancia. “No son máquinas modernas, pero las uso. Termino lo mío y después voy a los primeros vecinos”, explicó.


Lo que para muchos podría ser una reliquia de museo, para César y Stella es una herramienta de trabajo viva: dos cosechadoras de más de 50 años que, campaña tras campaña, siguen sosteniendo una historia familiar hecha de oficio, paciencia y fierros.

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