Pagar 60 dólares de flete por tonelada: así es producir a 1000 km del puerto en el norte salteño

Dos productores observan un lote de maíz próximo a cosecha, evaluando el estado y desarrollo del cultivo en el campo.
Eusebio Baldomá, productor de cuarta generación en Metán, Salta, y socio de la Regional Metán de Aapresid, describe los desafíos de producir en una zona donde el flete representa el 30% del costo total y la diversidad de ambientes —desde 1200 milímetros de lluvia anual hasta zonas de apenas 400 con 45 grados de calor— obliga a tomar decisiones radicalmente distintas a las del resto del país.

Metán está al pie de una cadena montañosa salteña donde el suelo cambia drásticamente según la cercanía al cerro. “Todo lo que está al pie del cerro, sobre la ruta 34, hasta unos 20 kilómetros hacia el este, es una zona productiva por excelencia”, explica Baldomá. Ahí llueven 1200 milímetros al año y se siembra soja y maíz. Pero a medida que uno se aleja, la tierra se vuelve más seca —entre 400 y 600 milímetros anuales, con 45 grados de calor en pleno verano— y predomina la producción de porotos de todo tipo, sésamo y otras especialidades. “La diversidad es tremenda”, resume.

El gran condicionante económico de la zona es la distancia: casi 1000 kilómetros separan a Metán de los puertos del Gran Rosario. “El flete representa alrededor del 30% del costo. Acá cobran 60 dólares la tonelada”, precisa Baldomá. Crecer en superficie para diluir costos fijos es una estrategia común, pero también un riesgo: “Si crecés a base de arrendar campos, la mitad pueden ser en zonas buenas y la otra mitad en zonas más marginales, y si un año la coyuntura te golpea, te podés fundir”.


Te puede interesar


La volatilidad de precios golpea con fuerza en cultivos de nicho como el poroto. El año pasado, el poroto negro se vendió a entre 300 y 350 dólares la tonelada, con un costo de producción de unos 620 dólares por hectárea, tras una sobreoferta brasileña. Este año, una helada en Brasil disparó el precio 500 dólares por encima, pero la siembra local ya había caído fuerte tras el golpe del año anterior. “No es muy alentador, pero el mercado es oferta y demanda”, admite.

En genética, la elección de material es la primera gran decisión de la campaña. Para hacer frente a la chicharrita —plaga que pegó fuerte en 2023—, Baldomá destaca el uso de maíces tropicales: “Son mucho más tolerantes y te pueden salvar de un año catastrófico. Es cierto que resignás kilos, pero con un tropical vas a tener una cosecha sí o sí”. No es casualidad que los semilleros busquen en Brasil y Paraguay los materiales que mejor funcionan en esta zona.

En soja, probó variedades Conkesta y Enlist en distintos ambientes y encontró mejoras claras frente a las anteriores Intacta: mayor rendimiento, más resistencia a plagas y un manejo más eficiente del ataco (yuyo colorado), la maleza más problemática de la región.

Para Baldomá, dos herramientas son clave para sostener la producción en una zona tan exigente: los cultivos de servicio como vicia o centeno —”con 45 grados en enero y febrero, si tenés cobertura, un cultivo puede aguantar 10 o 12 días sin precipitaciones; sin cobertura, lo perdés todo”— y la medición sistemática a nivel de lote. “Uno peca de saber que llueve pero no mide nada, y no se da cuenta de la cantidad que pierde o gasta de más”, reflexiona. Mapear cada lote para identificar zonas altas, medias y bajas y hacer manejo variable es, según él, una obviedad que vale la pena repetir.

Fuente: Aapresid

Imagen: Gentileza Aapresid

MÁS INFORMACIÓN PARA TU CAMPO ENTRA AQUÍ