Investigadores del Centro de Excelencia en Ciencias Moleculares de Plantas de la Academia de Ciencias de China identificaron dos genes clave que elevan el contenido proteico del maíz del 8% al 15%, con potencial para reemplazar hasta 30 millones de toneladas de soja importada.
El maíz convencional tiene un contenido proteico de apenas el 8%, lo que obliga a China —el mayor importador de soja del mundo— a depender de la harina de soja para alimentar su ganadería. En 2025, las importaciones chinas de soja superaron los 100 millones de toneladas. Un equipo científico acaba de encontrar la llave genética para cambiar ese escenario.
El grupo liderado por Wu Yongrui, subdirector del CEMPS, identificó dos genes presentes en el maíz silvestre —THP9-T y THP3-T— que la domesticación fue eliminando a lo largo de 9.000 años de mejoramiento, sin que nadie los buscara deliberadamente. El maíz silvestre original tiene hasta el 30% de proteína; las variedades modernas, apenas el 8%.
El primer gen, THP9-T, fue identificado en 2022 y permitió una mejora inicial. El segundo, THP3-T, fue el gran avance: ensayos de campo en múltiples ubicaciones y varios años demostraron que eleva el contenido proteico del 10% a más del 13% sin resignar rendimiento, y además permite que la planta crezca bien con menos fertilizante nitrogenado.
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Pero el hallazgo más significativo llegó al combinar ambos genes: el efecto sinérgico eleva el contenido proteico en líneas endogámicas del 10% al 15%, superando ampliamente el impacto individual de cada uno. El equipo ya aplicó esta tecnología para mejorar más de 80 líneas parentales de los principales cultivares chinos y logró llevar el contenido proteico de Zhengdan958 —el híbrido más cultivado de China— del 8,5% a más del 12%.
Las implicancias son concretas: si el maíz destinado a alimentación animal en China subiera cuatro puntos porcentuales en proteína, la ganancia total equivaldría a más de 30 millones de toneladas de soja importada —alrededor del 30% de las importaciones actuales.
“Este logro tiene un valor socioeconómico significativo. Podría reducir drásticamente los costos de los piensos, mejorar los rendimientos económicos de la industria ganadera y, mediante una adopción generalizada, aumentar significativamente los ingresos de los agricultores”, señaló Han Bin, director del CEMPS. Para la cadena agroalimentaria global —y especialmente para los países exportadores de soja como Argentina— el desarrollo abre un interrogante de largo plazo sobre la demanda futura del poroto.








































