La agricultura argentina extrajo durante las últimas tres décadas más fósforo del que repuso y habría acumulado una extracción cercana a 4,5 millones de toneladas de este nutriente, una situación que compromete la productividad, la materia orgánica y la resiliencia de los suelos. El diagnóstico fue presentado por especialistas internacionales durante el Congreso Aapresid 2026, en Rosario, donde advirtieron que el deterioro todavía puede revertirse mediante una mejor nutrición y prácticas orientadas a recuperar la salud del suelo.
La situación de los suelos agrícolas fue uno de los ejes técnicos de la segunda jornada de la XXXIV edición del Congreso Aapresid con la fuerza de Expoagro.
Dos especialistas internacionales abordaron el problema desde perspectivas complementarias: Leonardus Vergütz, Chief Scientific Officer de OCP Nutricrops, analizó el déficit de fósforo acumulado por la agricultura argentina, mientras que Cristine Morgan, directora científica del Soil Health Institute de Estados Unidos, explicó qué prácticas permiten construir sistemas productivos con mayor capacidad de respuesta frente al clima.
El punto en común fue la necesidad de actuar sobre la fertilidad y la salud del suelo para evitar una pérdida progresiva de resiliencia.
Argentina extrajo más fósforo del que repuso
Durante el panel “Nos estamos comiendo el fósforo de los suelos argentinos. ¿Hacia dónde vamos y cómo lo corregimos?”, Vergütz advirtió sobre el desequilibrio nutricional acumulado durante décadas.
“Argentina tiene suelos óptimos y fértiles, pero extrajo durante décadas más fósforo del que repuso”, afirmó.
Según explicó, este proceso no solamente afecta la disponibilidad de un nutriente esencial para los cultivos, sino que también puede reducir la productividad, comprometer la sustentabilidad del sistema y afectar la capacidad de secuestro de carbono.
Fernando García, consultor especializado en fertilidad de suelos y nutrición de cultivos y moderador del panel, dimensionó el déficit.
“Se estima que las prácticas actuales han extraído cerca de 4,5 millones de toneladas de fósforo de los suelos”, señaló.
Aunque durante los últimos años la reposición habría alcanzado aproximadamente el 60% del fósforo extraído, el balance continúa siendo negativo.
Una de las menores tasas de reposición
Vergütz sostuvo que el déficit de fósforo no es exclusivo de Argentina, aunque advirtió que el país se encuentra entre aquellos con menores tasas de reposición.
El problema excede el impacto directo sobre los rendimientos.
Una menor disponibilidad de fósforo puede afectar la generación de biomasa y, a través de ella, el aporte de carbono y materia orgánica al suelo, además de influir sobre su estructura física.
El especialista brasileño consideró, sin embargo, que el proceso puede revertirse.
“Es posible revertir el daño de los suelos argentinos aportando lo que se les ha quitado y recuperar los niveles de resiliencia y materia orgánica”, afirmó.
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Las cuatro claves para recuperar nutrientes
Una de las herramientas planteadas durante la exposición fue avanzar hacia una nutrición más precisa mediante los denominados 4R del manejo de nutrientes.
El concepto propone definir correctamente:
- qué nutriente aplicar;
- en qué dosis;
- en qué momento;
- y de qué forma hacerlo.
Vergütz sostuvo que la aplicación conjunta de estos criterios puede mejorar tanto el resultado agronómico como el económico.
“Cuando las 4R se aplican de manera conjunta, no solo se puede producir más, sino también ganar más”, explicó.
Según el especialista, una nutrición mejor ajustada permite fortalecer cultivos y pasturas, reducir pérdidas y aumentar la eficiencia con la que se utilizan los recursos disponibles.
Qué necesita un suelo para ganar resiliencia
La salud del suelo también fue analizada por Cristine Morgan durante su presentación “Medición y análisis de la salud del suelo: estrategias con potencial de expansión”.
La investigadora definió la salud del suelo como su capacidad para funcionar correctamente de acuerdo con el propósito productivo y ambiental que debe cumplir.
“El buen manejo del suelo genera resiliencia agrícola”, resumió.
Entre las principales prácticas para mejorar esa condición mencionó reducir las perturbaciones físicas, mantener raíces vivas durante la mayor cantidad posible de días, conservar el suelo cubierto, aumentar la diversidad e integrar el pastoreo cuando el sistema lo permita.
Estas estrategias apuntan a mejorar el funcionamiento físico, químico y biológico del suelo y, con ello, su capacidad para responder ante períodos de estrés.
Carbono, agua y estructura: qué conviene medir
Morgan remarcó que no alcanza con aplicar prácticas de manejo: también es necesario medir sus resultados.
Entre los indicadores que pueden utilizarse para evaluar la evolución de la salud del suelo destacó la concentración de carbono orgánico, la capacidad de retención de agua, el potencial de mineralización del carbono y la estabilidad de los agregados.
La especialista advirtió, sin embargo, que no todos los suelos deben evaluarse exactamente con los mismos parámetros de referencia.
“Todos los suelos pueden ser sanos, pero su expresión puede ser diferente cuando estás en un suelo arenoso, poco profundo y rocoso”, explicó.
Por ese motivo, las mediciones necesitan contemplar las características naturales de cada ambiente.
No existe un único valor para todos los suelos
Las propiedades inherentes del suelo condicionan la forma en que se manifiestan los indicadores de salud.
Morgan explicó, por ejemplo, que la capacidad de almacenar carbono orgánico tiene una fuerte relación con el contenido de arcilla, mientras que el pH adquiere especial relevancia cuando se analiza el potencial de mineralización del carbono.
“Tenemos que ser localmente relevantes, pero continentalmente escalables”, sostuvo.
Para la investigadora, contar con indicadores respaldados estadísticamente también permite comunicar mejor los resultados a productores, empresas de la cadena agroalimentaria, inversores y responsables de políticas públicas.
El suelo como amortiguador frente al clima
Más allá de las diferencias entre ambientes y sistemas productivos, los especialistas coincidieron en que recuperar la fertilidad y mejorar el funcionamiento del suelo aumenta la capacidad de los cultivos para enfrentar condiciones adversas.
El déficit acumulado de fósforo aparece así como una señal de alerta dentro de un desafío más amplio: pasar de esquemas que extraen nutrientes a sistemas capaces de mantener o recuperar el capital productivo del suelo.
“Cuando pienso en un suelo sano, pienso en resiliencia, porque nos proporciona un amortiguador frente al clima”, concluyó Morgan.







































