Fertilizantes inteligentes: prueban nanocápsulas en trigo y maíz para reducir pérdidas

Investigador aplica fertilizante nanoencapsulado en un cultivo de trigo y maíz para mejorar la eficiencia de nutrientes en el suelo.
Científicos del Conicet y la Universidad Nacional del Litoral avanzan en Santa Fe con un proyecto de nanotecnología aplicada al agro que busca mejorar la eficiencia de los fertilizantes mediante nanocápsulas minerales cargadas con urea. La iniciativa, desarrollada por los investigadores Gonzalo Berhongaray y Gustavo Mendow, ya cuenta con ensayos prometedores en trigo y maíz, convenios de I+D con empresas agrícolas y el objetivo de escalar la tecnología para su llegada al mercado.

La fertilización es uno de los puntos críticos de la agricultura moderna: implica altos costos, define buena parte del rendimiento y, cuando no es aprovechada por los cultivos, genera pérdidas económicas y ambientales. Bajo esa premisa, investigadores del Conicet y la Universidad Nacional del Litoral trabajan en una tecnología que apunta a cambiar la forma en que los nutrientes llegan al suelo y a las plantas.

El proyecto es impulsado por Gonzalo Berhongaray, del Instituto de Ciencias Agropecuarias del Litoral (ICIAGRO, CONICET-UNL), y Gustavo Mendow, del Instituto de Investigaciones en Catálisis y Petroquímica (INCAPE, CONICET-UNL). Ambos provienen de campos distintos: Berhongaray se especializa en manejo de suelos, fertilidad y procesos biogeoquímicos vinculados a la producción agrícola; Mendow, en nanotecnología, sistemas de encapsulado y liberación controlada de compuestos.

La hipótesis que los reunió resume el espíritu del desarrollo: fertilizar mejor no necesariamente significa fertilizar más. A partir de esa idea, el equipo comenzó a trabajar en sistemas nanoestructurados capaces de proteger nutrientes, modular su liberación y mejorar la interacción entre fertilizante, planta y suelo.

El desarrollo más innovador es el uso de nanocápsulas minerales fertilizantes cargadas con urea. A diferencia de otros sistemas donde la cápsula funciona únicamente como transporte, en este caso la propia estructura mineral también aporta nutrientes para el cultivo.


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Según explicó Mendow, este esquema permite combinar en una sola formulación una fuente mineral de nutrientes con urea incorporada en su interior, lo que favorece una liberación gradual del nitrógeno. De ese modo, el sistema busca mejorar la sincronización entre la disponibilidad del nutriente y la demanda real de la planta.

La tecnología apunta a reducir algunas de las principales pérdidas asociadas a los fertilizantes convencionales, como la volatilización de amoníaco, la lixiviación de nitratos y la fijación de nutrientes en el suelo. La elevada superficie específica y las propiedades fisicoquímicas de las nanocápsulas permiten retener nutrientes y liberarlos a menor velocidad, manteniéndolos más tiempo disponibles en la zona radicular.

El trabajo no quedó limitado al laboratorio. Desde sus primeras etapas, el proyecto incluyó diseño de formulaciones, síntesis de materiales, validaciones físico-químicas y ensayos en condiciones reales de producción. Las pruebas se realizaron sobre maíz, trigo, soja, cultivos intensivos y distintas estrategias de fertilización.

Las preguntas de base fueron concretas y vinculadas al uso productivo: si era posible reducir dosis sin perder rendimiento, mejorar la absorción de nutrientes, modificar la dinámica del fertilizante en el suelo, impactar en la calidad del cultivo y mejorar el resultado económico para el productor.

Uno de los hitos del proceso fue la presentación de la patente “Composición fertilizante y su proceso de obtención”, asociada a formulaciones nanoestructuradas para uso agrícola. El proyecto integró capacidades de nanotecnología, química de materiales, fisiología vegetal, fertilidad de suelos, microbiología y validación agronómica a escala real.

Con el avance de los resultados, la línea experimental comenzó a transformarse en una plataforma tecnológica con potencial de transferencia. Los ensayos se desarrollaron en Santa Fe, con articulación entre Conicet, universidades, empresas, productores, investigadores, becarios, estudiantes y técnicos.

La iniciativa también logró financiamiento y reconocimiento a través de convocatorias nacionales, proyectos de investigación y desarrollo, programas de transferencia, iniciativas vinculadas a bioinsumos y nanotecnología, y esquemas de articulación público-privada. En ese marco, se firmaron tres convenios de I+D con Berardo Agropecuaria, empresa agrícola entrerriana, además de otros acuerdos con firmas del sector.

En paralelo, el equipo amplió la agenda de trabajo hacia nano y microencapsulados, fertilizantes de liberación controlada, biofertilizantes, encapsulado de microorganismos, bioinsecticidas y tecnologías asociadas a la eficiencia en el uso de nutrientes.

Actualmente, los investigadores continúan con la optimización del proceso productivo de nanopartículas y la realización de ensayos en trigo y maíz para validar el producto a mayor escala. Además, mantienen conversaciones con empresas argentinas dedicadas a la producción de fertilizantes para apoyar y financiar la salida comercial de la tecnología.

“La historia del proyecto refleja algo que ocurre frecuentemente en el sistema científico argentino: desarrollos de frontera construidos desde vínculos humanos, interdisciplinarios y muchas veces improbables”, señaló Gonzalo Berhongaray. El caso muestra cómo la articulación entre Conicet, universidades públicas y empresas puede transformar conocimiento científico en soluciones concretas para mejorar la eficiencia productiva y reducir el impacto ambiental de la agricultura.

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