Un estudio del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC) cuantificó la creciente distancia agroindustrial entre Argentina y Brasil y concluyó que, a lo largo de los últimos 23 años, un productor brasileño obtuvo una facturación acumulada por hectárea de soja equivalente al doble de la registrada por un productor argentino. El trabajo atribuye buena parte de la divergencia a diferencias sostenidas en instituciones, expansión territorial, financiamiento e inversión tecnológica, y plantea qué elementos del modelo brasileño podrían servir para impulsar el desarrollo agroindustrial argentino.
De producir casi lo mismo a una brecha de 2,5 veces
A comienzos de este siglo, Argentina y Brasil partían de niveles de producción de granos mucho más cercanos que los actuales.
Más de dos décadas después, la trayectoria de ambos países se separó con fuerza.
Según los investigadores de CIPPEC Iván Ordoñez y Paula Szenkman, Brasil produce actualmente alrededor de 2,5 veces más granos que Argentina.
La dimensión de la diferencia queda reflejada en otra comparación presentada durante el encuentro: la cosecha brasileña de soja por sí sola supera actualmente el volumen conjunto de todos los granos producidos por Argentina.
Para graficar el crecimiento acumulado, los especialistas señalaron que en 25 años Brasil produjo un volumen adicional equivalente a 12 cosechas récord argentinas.
La comparación se suma a una brecha que Ruralnet ya viene reflejando: durante la última década, Brasil amplió fuertemente su superficie sojera y su producción mientras Argentina mostró un crecimiento mucho más limitado.
El dato que pone números a la diferencia: el doble por hectárea
Uno de los resultados más contundentes del análisis de CIPPEC surge al comparar los ingresos generados por el cultivo.
Según un cálculo presentado por Ordoñez, a lo largo de 23 años, por cada hectárea de soja el productor brasileño facturó acumuladamente el doble que el argentino.
El concepto es importante: se trata de facturación o ingreso bruto, no necesariamente de rentabilidad neta, ya que el resultado final de cada explotación también depende de costos, escala, productividad y estructura empresarial.
Para CIPPEC, una parte de esa diferencia se vincula con la incidencia que tuvieron en Argentina los derechos de exportación y las distintas distorsiones cambiarias a lo largo del período analizado.
El estudio remarca además que el efecto se volvió particularmente visible durante campañas de sequía, cuando una caída productiva redujo los ingresos físicos mientras continuaban operando impuestos vinculados al valor de la producción.
Cuatro factores que CIPPEC identifica detrás del crecimiento brasileño
El trabajo organiza la explicación del desempeño de Brasil alrededor de cuatro grandes ejes.
El primero corresponde al marco institucional y la previsibilidad sobre los derechos de propiedad. Según el análisis de CIPPEC, una mayor estabilidad de las reglas ayudó a sostener decisiones de inversión de largo plazo.
El segundo factor fue la expansión de la frontera agrícola.
Durante la década de 1980, valores relativamente bajos de la tierra en el centro-oeste brasileño impulsaron la migración de productores desde los estados del sur hacia nuevas áreas agrícolas.
El resultado fue una transformación extraordinaria de la geografía productiva.
El centro-oeste pasó del 13% al 45% del área sembrada
Según los datos presentados, el centro-oeste brasileño pasó de representar aproximadamente el 13% de las hectáreas sembradas al 45% actual.
Buena parte del incremento de la producción agrícola de Brasil se concentró allí.
La expansión exigió superar, además, limitaciones agronómicas importantes: el traslado de cultivos originalmente adaptados a regiones templadas hacia ambientes tropicales y suelos ácidos demandó investigación, adaptación genética, nutrición y nuevas tecnologías de manejo.
Ese desafío conecta directamente con el cuarto factor identificado por el estudio: la inversión en ciencia y tecnología.
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Crédito sostenido durante dos décadas
Antes aparece un tercer componente: el financiamiento.
El estudio destaca que Brasil incrementó de manera sostenida durante aproximadamente 20 años el volumen de crédito disponible por hectárea sembrada.
Entre las herramientas mencionadas aparece la Cédula de Producto Rural (CPR), que permitió desarrollar financiamiento privado vinculado a la producción, junto con los programas públicos de Crédito Rural.
Según los cálculos presentados por CIPPEC, los subsidios asociados a estos mecanismos representaron en promedio unos US$ 3.000 millones anuales para el Estado brasileño.
El contraste que propone el estudio es significativo: durante el mismo período, Argentina recaudó en promedio alrededor de US$ 5.000 millones anuales mediante derechos de exportación agropecuarios, equivalentes en el cálculo presentado a unos US$ 190 por hectárea.
La comparación entre la estructura tributaria y de incentivos de ambos países ya fue objeto de otros análisis publicados por Ruralnet durante 2026.
Cuando producir soja en el trópico parecía una apuesta riesgosa
El cuarto frente fue la inversión tecnológica.
Llevar soja y maíz hacia zonas tropicales no era inicialmente una apuesta evidente para el sector privado.
Según CIPPEC, ante el alto riesgo técnico y económico, organismos públicos, asociaciones de productores y posteriormente empresas privadas comenzaron a desarrollar materiales y tecnologías adaptadas a esas condiciones.
Un actor central fue Embrapa, el organismo brasileño de investigación agropecuaria.
En 2000, de acuerdo con los datos presentados, aproximadamente 67% de la superficie brasileña de soja utilizaba variedades desarrolladas por organismos públicos o asociaciones de productores.
Con el tiempo, la inversión privada ganó protagonismo.
El proceso se acompañó con una intensificación del uso de tecnología: según el análisis, el consumo de productos fitosanitarios por hectárea llegó a multiplicarse por seis y la dosis de fertilizantes se duplicó.
Brasil cerró la brecha de rindes y luego tomó ventaja
El resultado fue una transformación productiva.
Brasil logró igualar los rendimientos argentinos en sus regiones agrícolas tradicionales y luego superarlos en buena parte de las nuevas áreas de expansión.
Ruralnet ya había informado este año sobre otra cara de esta diferencia: Brasil dispone actualmente de una oferta de genética sojera considerablemente mayor y presenta rendimientos superiores en determinados ambientes.
Para CIPPEC, sin embargo, la explicación no surge de una única herramienta.
El crecimiento brasileño sería el resultado de décadas de continuidad entre inversión, crédito, ciencia, desarrollo territorial y señales económicas favorables a la expansión.
“Ofensivos” frente a “defensivos”
Ordoñez planteó además una diferencia en la forma en que ambos productores terminaron enfrentando las decisiones de inversión.
Según su interpretación, Brasil consolidó una lógica “expansiva” u “ofensiva”, con mayor disposición a colocar capital para incrementar producción.
En Argentina, en cambio, más de dos décadas de inestabilidad, carga tributaria y restricciones habrían incentivado una estrategia más “defensiva”, basada en limitar el capital expuesto al riesgo.
Una de las consecuencias aparece en el uso de insumos.
Cuando el productor reduce fertilización, tecnología o inversión para disminuir riesgo financiero, aumenta la dependencia del principal recurso disponible: la tierra.
De esta manera, la estrategia que reduce costos en el corto plazo puede también limitar la posibilidad de elevar rendimientos.
El estudio ahora mira hacia el interior argentino
El diagnóstico comparativo constituye solamente la primera parte del trabajo de CIPPEC.
La siguiente etapa buscará trasladar las lecciones del desarrollo brasileño a las condiciones argentinas.
El foco estará puesto en una extensa “franja centro”, definida como el corredor productivo que se extiende desde el norte de la Patagonia hasta Salta.
La hipótesis del trabajo es que una expansión agroindustrial sostenida podría convertirse en un motor de desarrollo para las economías del interior, en un proceso comparable —aunque con características diferentes— al papel que hoy cumplen Vaca Muerta y la minería.
La diferencia es que la producción agroindustrial presenta una dispersión territorial mucho mayor y, por lo tanto, potencial para impulsar ciudades intermedias, servicios, industrias y empleo vinculados directamente al territorio.
Una carrera de más de 20 años que todavía puede cambiar
El mensaje final del análisis de CIPPEC no apunta a copiar de manera literal el modelo brasileño.
La conclusión es que la diferencia actual surgió de decisiones sostenidas durante décadas, más que de una política aislada.
Argentina mantiene ventajas importantes en conocimiento agronómico, productores altamente tecnificados, infraestructura de procesamiento y una de las cadenas sojeras más eficientes del mundo.
Pero la comparación muestra la magnitud de la oportunidad perdida: mientras ambos países partían de niveles relativamente similares al inicio del siglo, Brasil multiplicó su escala y, según el cálculo de CIPPEC, consiguió generar en 23 años el doble de facturación acumulada por hectárea de soja.
Para los investigadores, revertir esa tendencia exige algo menos espectacular pero más difícil de sostener: reglas previsibles, inversión, crédito, tecnología y continuidad durante un período prolongado.






































