Siete motivos para no subir las retenciones al agro

Los países en desarrollo aplican retenciones a actividades extractivas que tienen rentas previsibles para los inversores (con el manejo de reservas comprobadas). Nuestro agro no es una actividad extractiva y su ganancia es imprevista. No obstante ello, hoy algunos recomiendan subir las retenciones al campo. ¿Por qué?

Son de recaudación segura, redistribuyen ingresos del campo a la ciudad (más consumo), suben artificialmente el salario real al aliviar la «mesa de los argentinos» y, al momento de aplicarse, producen «teóricamente» una baja por única vez, del precio de los alimentos. Si las retenciones son móviles, se aísla al consumo interno de eventuales shocks internacionales de precios.

Se estima para 2019 una recaudación total de US$7342 por derechos de exportación (1,51% del PBI). ¿Quién las paga? a) 40,8% el complejo soja; b) 42,1% el resto de la producción agroindustrial y c) 17,2% el resto de la economía. O sea, un 82,8% proviene de la agroindustria (sin pesca).

Para las finanzas públicas nacionales, en los primeros 10 meses del año las retenciones aportaron el 9,1% de la recaudación (sin seguridad social) y el 17% de los recursos que van a la administración nacional.

¿Por qué no deberían subir?

  • La recesión ha reducido la captación de impuestos a las importaciones, a los combustibles y de los llamados internos (la industria importa lo mínimo, se venden pocos autos y cigarrillos y el precio de la nafta redujo su consumo). Adicionalmente, se licuaron las valuaciones fiscales, base del impuesto a los Bienes Personales.
  • Una buena macro podría recuperar la actividad económica y la recaudación de los citados impuestos sin tocar las retenciones del agro, único sector de oferta neta de divisas genuinas. El agro y sus industrias tienen excedentes de U$S 2400 millones por mes, mientras que la industria no-agro tiene un déficit mensual de US$1000 millones. Aumentos del salario y el consumo dispararán el déficit cambiario industrial y reducirán el superávit comercial requerido para una reprogramación sostenible de la deuda si se toca al campo.
  • Si aumentara la recaudación de otros impuestos, la dependencia de la administración central respecto de las retenciones sería claramente menor. Es más, podría ir reduciéndolas para las economías regionales.
  • Los precios internacionales ya no son los de 2008-2011 y los productores se quejan por los valores actuales del girasol, la soja y la cebada, entre otros.
  • En base al Indec y a su cálculo de la canasta básica alimentaria, se puede alimentar a un niño de 0 a 9 años, con US$1,484/día (dato de agosto). Según la Universidad Católica, hay 900.000 chicos con problemas serios. Un programa para un millón cubriendo el 100% anual implicaría subsidiar la demanda de alimentos por US$542milllones, equivalentes apenas al 0,107% del PBI. Sería dramático no lograr una respuesta a este drama o conseguirla desalentando las exportaciones.
  • No se deberían aplicar retenciones móviles, ya que los sectores exportadores deben responder a las señales de precios internacionales. Retenciones en base a alícuotas reducen el precio que paga el consumidor local. Retenciones móviles aíslan la respuesta dinámica del campo de la escasez relativa mundial.
  • La combinación de mayores retenciones con control de cambios o un desdoblamiento mal hecho que impliquen una brecha cambiaria significativa (mayor al 10%) significaría un brutal sesgo antiexportador inoportuno al día de hoy: necesidad de reservas y dólares comerciales genuinos, reprogramación de la deuda e incentivos a la producción de divisas, base de la recuperación del consumo urbano de bienes industriales y de la construcción, en el segundo trimestre de 2020.

Por eso, es mejor no dañar al único proveedor de respuestas a corto plazo. Al excedentario en divisas hay que ayudarlo para que las aumente y cobrarle, como se debe, los correspondientes impuestos a las Ganancias. El campo no genera rentas. Genera ganancias, ¡ojo con la diferencia!

 

Fuente: La Nación | Por: Jorge Ingaramo | El autor es economista

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