De las 42 millones de hectáreas cultivadas en Argentina, apenas 2,1 millones están bajo riego. Sin embargo, la expansión de estos sistemas —incluso en zonas no tradicionales como el sudoeste bonaerense— refleja un cambio de paradigma: el riego ya no se usa solo para cubrir déficits hídricos sino para intensificar la producción y mejorar la rentabilidad. El especialista Diego Rotili, de la UNLPam, explica los factores detrás del boom y los desafíos que vienen.
El punto de inflexión fue la demostración de que el riego en zonas no convencionales era viable y rentable. Los adoptantes iniciales en el sudoeste bonaerense mostraron que era posible ampliar fuertemente la superficie bajo riego sin afectar la disponibilidad hídrica regional y, al mismo tiempo, explorar alternativas de negocio como la producción de semillas y hortalizas.
A eso se sumó el factor económico: primero, la disponibilidad de crédito y tarifas subsidiadas; luego, el surgimiento del RIMI, un régimen especial con beneficios impositivos y contables para los sistemas de riego que bajó la barrera de entrada para las empresas agropecuarias.
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“Las nuevas condiciones macroeconómicas permiten contemplar que las empresas agropecuarias necesitan intensificar su producción, aumentar su productividad y eficientizar el uso de insumos para ser rentables. El riego es una de las alternativas que cumple con esas premisas y el riesgo empresario y productivo disminuye considerablemente”, explicó Rotili, quien presentará estos conceptos en el próximo Congreso Aapresid con la fuerza de Expoagro, que se realizará el 4, 5 y 6 de agosto en Rosario.
La clave del cambio de paradigma es conceptual: “Ofrecer agua en cantidad adecuada a los sistemas de producción y manejar de manera ofensiva los cultivos permite capturar altos márgenes de manera consistente”, señaló el especialista. Sin limitantes hídricas, el foco se desplaza hacia la eficiencia en la captura de radiación, lo que implica decisiones más precisas sobre fechas de siembra, densidades, genotipos, nutrición y rotaciones.
Los desafíos no son menores. El principal error, según Rotili, es no tener claro desde qué indicadores tomar la decisión de regar o dejar de regar. En el largo plazo aparecen otros: la capacidad de recarga de acuíferos, los efectos del agua con cierto nivel de salinidad sobre el suelo y la exportación de nutrientes que generan los sistemas de alta productividad. El monitoreo continuo de conductividad eléctrica, pH, sodio intercambiable e índices de nutrientes se vuelve indispensable.
“Preveo una mayor difusión en términos de superficie y una mayor profesionalización que hagan ese trabajo más simplificado y ágil”, afirmó Rotili. Para el especialista, los próximos años traerán una integración fuerte entre agricultura y ganadería o lechería —dado que el riego ofrece estabilidad en la producción de forraje— y una adopción creciente de telemetría, energías alternativas y generación de datos en tiempo real. El potencial es claro: Argentina podría cuadruplicar su superficie bajo riego.









































