Un estudio internacional liderado por la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA) determinó que excluir al ganado de los pastizales como estrategia para revertir su deterioro termina, en el largo plazo, por degradarlos aún más. El trabajo, publicado en la revista científica Frontiers in Ecology and the Environment y elegido para ilustrar la tapa de su edición de abril, cuestiona una práctica extendida en los campos ganaderos y plantea que el manejo adecuado de la carga animal es clave para conservar estos ecosistemas.
Los pastizales cubren el 25% de la superficie terrestre y sostienen múltiples servicios: además de proveer alimento para el ganado, almacenan carbono, regulan el clima y purifican el agua. Según explicó Laura Yahdjian, docente de Ecología en la FAUBA e investigadora del CONICET, la presión por aumentar la producción de alimentos deteriora muchos pastizales, frecuentemente por sobrepastoreo. Frente a ese problema, la respuesta habitual de los productores es excluir a los animales de los lotes y esperar que el sistema se recupere por sí solo.
Para poner a prueba esa práctica, el equipo de investigación —integrado también por Sofía Campana, Pedro Tognetti, Cecilia Molina y Pamela Graff— utilizó datos de la red internacional de experimentos Nutrient Network, presente en los seis continentes. El análisis incluyó 79 pastizales en 15 países, entre ellos cinco sitios argentinos, lo que permitió comparar ecosistemas tan distintos como la región pampeana y las sabanas africanas.
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Los resultados mostraron que la exclusión del ganado, al igual que la de los grandes herbívoros silvestres, resulta perjudicial para los pastizales en el largo plazo: sin animales que los pastoreen, estos ambientes terminan dominados por pocas especies vegetales o invadidos por especies exóticas que alteran su funcionamiento, lo que compromete la posibilidad de seguir haciendo ganadería en esas tierras a lo largo del tiempo.
En el caso particular de la región pampeana, Yahdjian señaló que estos sistemas evolucionaron originalmente junto a grandes herbívoros nativos que mantenían su diversidad, una función que hoy —en cierta medida— cumplen las vacas. A partir de esa observación, el equipo de investigación se propuso determinar si existe un nivel de pastoreo capaz de conciliar producción y conservación. La conclusión del estudio es que las vacas pueden ser aliadas de la conservación, siempre que se implementen cargas animales que no excedan la capacidad de los pastizales para producir forraje ni reduzcan su biodiversidad.
El desafío que se abre ahora, según Yahdjian, es trasladar estos hallazgos a la toma de decisiones cotidiana en los establecimientos ganaderos. La investigadora seguirá profundizando el tema junto a colegas de Argentina, Uruguay, Brasil y Suiza, en el marco del proyecto SPIRIT-Campos, que busca entender cómo la exclusión del ganado afecta las interacciones entre plantas, polinizadores y otros artrópodos, además de estudiar el impacto de la fertilización de pastizales, una práctica poco extendida en la Argentina pero común en otras regiones del mundo.
“Nuestro objetivo final es generar herramientas que permitan a los pastizales ser más resilientes en un planeta cada vez más incierto”, resumió Yahdjian, en referencia al horizonte de largo plazo que persigue esta línea de investigación.








































