Una campaña con mayores precipitaciones puede ampliar el uso de drones agrícolas para realizar tratamientos cuando las pulverizadoras terrestres no consiguen ingresar al lote. Pero la posibilidad de volar sobre un suelo saturado no garantiza por sí sola una aplicación eficaz: trabajar con menor volumen de agua, gotas que recorren varios metros hasta el cultivo, mezclas más concentradas y una logística diferente exige calibración, capacitación y criterios agronómicos específicos.
El escenario abre una oportunidad para una tecnología que viene creciendo rápidamente en el agro argentino, aunque también plantea una advertencia: el dron debe ser entendido como un sistema de aplicación y no solamente como una aeronave capaz de transportar producto.
El primer beneficio: no depender del piso
Una de las principales limitaciones durante períodos lluviosos aparece cuando llega el momento de realizar una aplicación y el suelo todavía no soporta el peso de una pulverizadora.
El cultivo, sin embargo, no espera.
Las malezas continúan creciendo, las enfermedades pueden avanzar y una plaga puede superar el momento óptimo para ser controlada.
En esas condiciones, el dron ofrece una ventaja concreta: la intervención deja de depender de la transitabilidad del lote.
Este atributo ya viene impulsando su utilización en cultivos extensivos y es uno de los usos que el INTA viene evaluando en ambientes húmedos, pendientes y situaciones donde la maquinaria terrestre encuentra restricciones.
Pero esa capacidad operativa es apenas el comienzo.
Llegar tarde también tiene un costo
El valor de una aplicación no debería evaluarse únicamente por cuánto cuesta tratar una hectárea.
También importa cuándo se realiza.
Matías Fernández Koller, jefe de Investigación y Desarrollo de Bidcom Agro, pone como ejemplo el control de malezas.
Si una pulverizadora no puede ingresar durante varios días, las plantas continúan desarrollándose y el tratamiento puede encontrar individuos más grandes, tolerantes y difíciles de controlar.
La misma lógica se aplica a los herbicidas preemergentes.
Una demora puede modificar la estrategia de manejo y, en determinados casos, incluso interferir con la fecha prevista de siembra.
Fungicidas e insecticidas tienen ventanas todavía más estrechas
En enfermedades y plagas, la oportunidad puede adquirir todavía mayor importancia.
Un fungicida aplicado varios días después del momento óptimo puede encontrar una enfermedad que ya avanzó dentro del cultivo.
Con insectos ocurre algo semejante.
Mientras el productor espera que el piso permita el ingreso de una máquina terrestre, el daño continúa.
En esos casos, el dron puede convertirse en una herramienta para mantener la oportunidad agronómica de la aplicación.
La discusión deja entonces de ser simplemente “dron contra pulverizadora” y pasa a incorporar otro factor: cuánto cuesta no poder aplicar cuando el cultivo lo necesita.
No pisar el cultivo también suma
Otra diferencia aparece por la ausencia de tránsito sobre el lote.
Las aplicaciones terrestres generan huellas y pueden producir pérdidas directas por pisoteo.
Fernández Koller menciona referencias del orden del 2% al 4%, dependiendo del cultivo y de las condiciones de trabajo.
En un año húmedo se suma además otro problema: ingresar con maquinaria pesada sobre un suelo con exceso de agua puede profundizar las huellas y generar compactación.
El dron evita esos dos efectos porque trabaja sin contacto con el terreno.
Esto no implica que deba reemplazar a la pulverizadora.
La propuesta es utilizarlo como herramienta complementaria, especialmente cuando el suelo, el cultivo o la urgencia reducen las alternativas disponibles.
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El error sería pensar que volar es lo difícil
Desde el punto de vista operativo, los drones agrícolas modernos automatizan gran parte del vuelo.
El usuario delimita el lote, configura la misión y el equipo puede seguir el recorrido programado, realizar el tratamiento y regresar.
“Volar es relativamente sencillo porque estamos hablando de un robot autónomo”, explicó Fernández Koller.
La complejidad aparece en otra parte: definir correctamente cómo aplicar.
Caudal, tamaño de gota, altura, velocidad, ancho de trabajo, condiciones meteorológicas y tipo de producto deben combinarse para que la aplicación alcance el objetivo.
Menos agua significa una mezcla mucho más concentrada
Una de las principales diferencias frente a una pulverizadora terrestre está en el volumen utilizado.
Los drones suelen trabajar con muchos menos litros de agua por hectárea.
Eso cambia completamente la preparación del caldo.
La misma cantidad de principio activo queda concentrada en un volumen menor de solución, por lo que compatibilidad, orden de incorporación y correcta dilución adquieren mayor relevancia.
“Lo primero y más importante es que la mezcla sea correcta”, señaló Fernández Koller.
Un error que en una pulverizadora de alto volumen puede pasar desapercibido puede transformarse en un problema más serio cuando la concentración aumenta considerablemente.
No se puede trasladar automáticamente la receta de la pulverizadora
Otro riesgo es configurar el dron utilizando exactamente los mismos criterios empleados con un equipo terrestre.
No siempre funciona.
El cambio de volumen modifica la concentración del caldo y también puede cambiar la respuesta del cultivo.
Según Fernández Koller, una configuración incorrecta puede aumentar el riesgo de fitotoxicidad, especialmente cuando se utilizan dosis, mezclas o coadyuvantes sin adaptar el tratamiento al sistema aéreo.
Por eso, la capacitación debería incluir no solamente el manejo del equipo sino también tecnología de aplicación.
La gota tiene un recorrido más difícil
La distancia entre el emisor y el objetivo también cambia.
Una barra terrestre trabaja relativamente cerca del cultivo.
El dron puede hacerlo a tres o cuatro metros de altura, según la labor y la configuración.
Durante ese recorrido, la gota queda expuesta al viento, temperatura, humedad relativa y turbulencias generadas por el propio equipo.
Cuanto más pequeña sea, mayor puede ser su sensibilidad a esas condiciones.
Por eso, la calidad de aplicación depende de encontrar un equilibrio entre cobertura, tamaño de gota y riesgo de deriva.
Los coadyuvantes adquieren otro papel
En aplicaciones de bajo volumen, los coadyuvantes pueden ayudar a modificar propiedades del caldo y mejorar el comportamiento de las gotas.
Pero tampoco deberían incorporarse como una solución automática.
La selección debe responder al producto aplicado, cultivo, objetivo y condiciones ambientales.
“El impacto del viento y las condiciones ambientales sobre la gota es enorme”, explicó Fernández Koller.
La conclusión vuelve a ser la misma: tener un dron disponible no reemplaza la decisión agronómica.
Comprar el equipo no es la única opción
Para un productor que quiere conocer la tecnología, existe otra posibilidad: contratar el servicio.
La expansión de los drones generó también una nueva oferta de contratistas especializados.
Esto permite evaluar el desempeño en condiciones propias antes de realizar una inversión.
Según los datos aportados por Bidcom Agro, sus ventas actualmente se distribuyen en proporciones similares entre productores que incorporan equipos propios y prestadores que los utilizan comercialmente.
Ruralnet ya informó durante 2026 sobre el crecimiento acelerado del sector y el desarrollo de nuevos servicios vinculados con la tecnología.
Si se compra, también hay que decidir quién lo operará
Contar con un equipo dentro del establecimiento obliga a resolver una pregunta inmediata: quién será el operador.
Puede ser el propio productor, un empleado o una persona dedicada específicamente a estas tareas.
En cualquiera de los casos, aprender a despegar y realizar un plan de vuelo representa apenas una parte de la capacitación.
Bidcom Agro ofrece mediante DJI Academy instancias teóricas y prácticas que incluyen configuración de misiones, manipulación de productos, seguridad, calidad de aplicación y prácticas de vuelo.
También recomienda verificar las exigencias regulatorias correspondientes a cada provincia y tipo de operación antes de comenzar a trabajar.
Agua, baterías y mezcla: la logística que no se ve desde el aire
La capacidad operativa del dron también depende de todo lo que ocurre en tierra.
Para mantener una jornada de aplicaciones es necesario planificar:
- abastecimiento de agua;
- preparación y agitación del caldo;
- recarga o rotación de baterías;
- carga del tanque;
- transporte del equipo;
- personal disponible;
- limpieza y mantenimiento.
Un cuello de botella en cualquiera de esos puntos puede reducir notablemente la cantidad de hectáreas tratadas.
Por eso, el rendimiento de una operación no se mide solamente por la velocidad de vuelo.
El equipo tiene que ajustarse a la escala
El mercado ofrece drones con distintas capacidades.
Dentro de la línea DJI Agras comercializada por Bidcom Agro, la compañía posiciona al T55 como una alternativa para quienes comienzan a utilizar esta tecnología.
El T70 apunta a productores de mayor escala y contratistas que necesitan mayor capacidad operativa.
El T100 agrega robustez y sistemas destinados a operaciones de mayor exigencia.
La decisión debería surgir de las hectáreas a tratar, tipo de cultivos, frecuencia de uso, capacidad logística y disponibilidad de personal.
Comprar un equipo excesivamente grande para una estructura que no consigue abastecerlo correctamente tampoco garantiza mayor productividad.
De unos 100 drones a cerca de 3.000
La adopción viene acelerándose.
Según estimaciones de Bidcom Agro, el parque argentino de drones agrícolas habría pasado de alrededor de 100 equipos en 2023 a unos 3.000 en 2026.
Las campañas húmedas pueden agregar un nuevo incentivo porque hacen más visible una de sus ventajas operativas: trabajar cuando una máquina terrestre debe esperar.
La lección que deja un año húmedo
El dron puede solucionar un problema concreto: entrar cuando el piso no permite hacerlo con una pulverizadora.
Pero trasladar el tratamiento al aire crea nuevos desafíos.
Menor volumen, mezclas más concentradas, gotas expuestas durante varios metros, necesidad de calibración y una logística completamente distinta obligan a abandonar la idea de que alcanza con comprar el equipo y aprender a hacerlo volar.
El verdadero salto tecnológico ocurre cuando el dron se incorpora como una herramienta agronómica dentro de un sistema de aplicación, con personal capacitado y decisiones ajustadas a cada tratamiento.
En una campaña con mayores dificultades de piso, esa diferencia puede definir si la tecnología simplemente consigue llegar al lote o si realmente permite llegar a tiempo y aplicar bien.










































