Ganadería y cultivos de servicio: cómo lograr sinergia sin resignar rendimiento

Vaca en un campo con rastrojo de maíz y pasturas verdes, bajo un cielo de atardecer con colores cálidos.

Pastorear cultivos de servicio no reduce sus beneficios, confirma un estudio de la UNR

Es posible pastorear cultivos de servicio sin degradar las funciones biofísicas que motivaron su implantación, siempre que el manejo se defina en función de variables ecofisiológicas y de umbrales críticos de intensidad. Así lo afirmaron los investigadores Gabriel Zurbriggen y Alex Tomassetti, del área de Sistemas de Producción Animal de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Rosario (FCA-UNR), durante una charla técnica ofrecida en la jornada de Tranqueras Abiertas que organizó en junio la región CREA Sur de Santa Fe, en El Trébol.

Los cultivos de servicio —también llamados cultivos de cobertura— aportan beneficios que van desde la regulación hídrica hasta el aporte de carbono, el control de malezas y el ciclaje de nutrientes. La novedad que plantearon los especialistas es que, bien gestionados, esos beneficios pueden convivir con el aprovechamiento ganadero, sin que uno le quite valor al otro.

La intensidad de pastoreo, la variable clave

“La gestión del pastoreo en cultivos de servicio no debe plantearse bajo recetas estructurales rígidas, sino a través de variables de control adaptables a cada establecimiento: intensidad, frecuencia, duración y homogeneidad en el lote”, señalaron los investigadores.

De todas ellas, la que definieron como determinante es la intensidad, medida a través de la altura del remanente vegetal. “El eje central del éxito operativo es la intensidad de pastoreo, que es definida mediante la altura del remanente vegetal. Ensayos de larga duración indican que el rango óptimo se sitúa entre los 15 y 20 centímetros de remanente, equivalente práctico a un puño y un dedo”, añadieron.

La explicación tiene base biológica y nutricional. En el primer horizonte de la planta —el 50% superior— el animal realiza un bocado de máxima amplitud (“a boca llena”): en las gramíneas, ese estrato tiene la mayor calidad nutricional, con una digestibilidad cercana al 78%, y tanto el peso del bocado como la tasa de ingesta por minuto son óptimos. A medida que la defoliación avanza hacia la base, el bocado se achica y pierde peso, mientras que el forraje remanente concentra más tejido de sostén —fibra menos digestible—, lo que obliga al animal a gastar más energía por cada kilo de materia seca consumida.

Desde el punto de vista de la planta, mantener ese remanente de 15 a 20 centímetros la ubica en su fase de máximo crecimiento instantáneo, dentro de la curva sigmoidea de desarrollo. Si la intensidad es excesiva —remanentes de 5 a 10 centímetros—, se interrumpe la fotosíntesis, se detiene el desarrollo radicular y se reduce drásticamente la acumulación total de biomasa, lo que compromete tanto los servicios de cobertura como el aporte de carbono que se buscaba con el cultivo.

Qué mostró la red experimental

Los investigadores presentaron los resultados de una red experimental de FCA-UNR y Aapresid, integrada por 17 fuentes de datos provenientes de diez sitios distribuidos desde el centro de Santa Fe hasta el sudeste de Buenos Aires, relevados a lo largo de cuatro campañas. Se evaluaron tanto gramíneas puras —avena, centeno, raigrás y triticale, con fertilización nitrogenada— como mezclas multiespecie con leguminosas: vicia villosa, vicia sativa y nabo.

En términos de producción de carne, los valores oscilaron entre 150 y 420 kilogramos de peso vivo por hectárea, lo que en la práctica convierte el costo de implantación del cultivo de servicio en un margen neto ganadero directo. La Ganancia Media Diaria (ADPV) promedió 1,0 kilogramo por animal por día; en los planteos donde el resultado fue menor —650 gramos por animal por día— los investigadores identificaron fallas de manejo nutricional, vinculadas a la sustitución de dieta por encierres nocturnos con silajes de menor calidad que el forraje fresco del cultivo de servicio.

La carga media se ubicó en torno a los 5,0 animales por hectárea, con picos instantáneos de hasta 8 animales por hectárea, y la duración del pastoreo promedió los 70 días, en un rango de 21 a 100 días según la planificación de la fecha de secado del cultivo de renta posterior.


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El agua no fue un problema, y hasta mejoró la infiltración

Uno de los principales temores a la hora de adoptar cultivos de servicio es la competencia por el agua útil del perfil del suelo. Sobre ese punto, los investigadores fueron categóricos: “Los datos agregados de la red experimental revelan que no se detectaron diferencias estadísticas significativas en el contenido de agua remanente en el perfil (0-50 y 0-100 centímetros de profundidad) al momento del secado entre el tratamiento testigo (barbecho químico limpio) y el cultivo de servicio con y sin pastoreo”.

Más aún, las evaluaciones posteriores al secado mostraron una ventaja a favor del cultivo de servicio: “Los suelos con cultivos de servicio, tanto pastoreados como sin pastorear, poseen una mayor eficiencia de cosecha de lluvia en comparación con el barbecho químico, ya que la estructura vegetal viva y el remanente de biomasa mitigan el efecto del impacto de la gota de lluvia, disminuyen la escorrentía superficial y favorecen la infiltración”, remarcaron.

Sin penalización en los rendimientos de granos

El pastoreo tampoco afectó la productividad de los cultivos estivales posteriores. Los rendimientos promedio de maíz se ubicaron en 80 quintales por hectárea, con un rango de 74 a 144 qq/ha, mientras que la soja promedió 34 qq/ha, en un rango de 23 a 42 qq/ha. Según los investigadores, esas variaciones estuvieron gobernadas por el ambiente y el año climático, y no por la intervención del pastoreo.

El impacto ambiental: carbono, nutrientes y compactación

En un cultivo de servicio sin pastorear, los nutrientes permanecen acoplados dentro del sistema suelo-planta. El pastoreo genera un desacople temporario, ya que parte de esos nutrientes se redistribuyen de forma heterogénea a través de las deyecciones —orina y heces— del animal. El objetivo de una carga ambientalmente sustentable es que el sistema logre reciclar ese flujo sin que se produzcan pérdidas por volatilización o lixiviación.

Como el carbono orgánico del suelo es una variable de respuesta lenta, los investigadores recurrieron a modelos de simulación basados en algoritmos de dinámica de materia orgánica, integrados con módulos de consumo animal. Los resultados mostraron que las deyecciones y el efecto físico del pisoteo aumentan la tasa de contacto de la biomasa aérea con el suelo, lo que acelera su incorporación y estabilización como materia orgánica y compensa la menor eficiencia de humificación que tienen los residuos aéreos cuando quedan sin pastorear.

En cuanto a la compactación, las mediciones de resistencia a la penetración tomadas después de tres años de pastoreo rotativo laxo mostraron una ligera densificación en los primeros 10 centímetros del perfil, en comparación con el cultivo de servicio sin pastorear. Aun así, tanto la condición pastoreada como la no pastoreada presentaron menores niveles de compactación que el barbecho químico. “Las raíces activas de las gramíneas actúan como un elemento de reestructuración biológica continua que supera el efecto del pisoteo animal bajo cargas bien manejadas”, apuntaron los investigadores.

“La incorporación estratégica de la ganadería sobre cultivos de servicio es una herramienta de intensificación que, bien gestionada, puede optimizar la rentabilidad de los sistemas mixtos sin deteriorar el capital suelo. La clave para viabilizar este modelo radica de forma unívoca en el manejo racional de los recursos”, resumieron Zurbriggen y Tomassetti.

Fuente: Contenidos CREA

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