La plaga que durante 20 años se mantuvo en el NOA apareció en los departamentos Río Primero, Santa María y Río Segundo de Córdoba, y en Ceres, Santa Fe. Un salto geográfico que no tiene explicación natural.
Una plaga que durante dos décadas se mantuvo confinada al noroeste argentino acaba de dar un salto que preocupa a los técnicos del sector: el picudo negro de la vaina de la soja (Rhyssomatus subtilis) fue confirmado en el centro-norte de Córdoba y en Ceres, Santa Fe, en pleno corazón de la región sojera argentina.
El avance fue registrado en el Sistema Nacional de Vigilancia y Monitoreo de Plagas (Sinavimo) del SENASA, y especialistas del INTA pusieron la voz de alarma: el salto geográfico tan marcado de un año a otro no obedece a patrones naturales de dispersión. La hipótesis más sólida apunta al movimiento de maquinaria y vehículos entre zonas productivas.
Una historia de avance lento que se aceleró
El picudo negro de la vaina fue detectado por primera vez en Argentina en la campaña 2005/2006, en Santiago del Estero. Durante los años siguientes, su expansión fue lenta pero sostenida dentro del NOA: Tucumán, Catamarca y Salta. Entre 2022 y 2025 se expandió hacia nuevas zonas dentro de Santiago del Estero y fue confirmado en el departamento Almirante Brown, Chaco.
Pero el dato que cambió la ecuación llegó a fines de la campaña 2024/2025: su aparición en el centro-norte de Córdoba. En la campaña 2025/26, técnicos de las agencias del INTA en Río Primero y de la Estación Experimental Manfredi confirmaron su presencia extendida en los departamentos Río Primero, Santa María y Río Segundo. Y en paralelo, Analía Rausch, de la Agencia de Extensión Rural Ceres del INTA, confirmó su presencia en Ceres, Santa Fe.
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Por qué es tan peligroso
El picudo negro combina un conjunto de características que lo hacen especialmente difícil de controlar. Es una especie con un solo ciclo anual que acompaña al cultivo durante todo su desarrollo. Los adultos atacan los brotes tiernos y pueden frenar el crecimiento de la planta, pero el daño más grave lo generan las larvas: se alimentan directamente de los granos dentro de las vainas y las perforaciones que producen facilitan el ingreso de agua y patógenos, deteriorando la calidad del grano cosechado.
Su comportamiento también complica el monitoreo: tiene hábitos crepusculares, se oculta entre restos vegetales y puede simular estar muerto ante una amenaza. Las únicas ventanas para el control químico son los estados adultos, y los tratamientos difícilmente superan los 10 días de eficacia, ya que los adultos emergen en pulsos luego de lluvias importantes.
Cómo frenar el avance: dos ejes clave
Los especialistas del INTA recomiendan una estrategia preventiva basada en dos pilares concretos:
El primero es la rotación de cultivos con especies no hospederas —especialmente gramíneas— para interrumpiar el ciclo biológico de la plaga. Esta práctica debe extenderse no solo a los lotes afectados sino también a los campos vecinos.
El segundo eje es el manejo sanitario de la maquinaria: limpieza rigurosa de todos los equipos y vehículos que se trasladan entre zonas productivas, para evitar transportar involuntariamente adultos, larvas o huevos del picudo.
Además, en lotes con antecedentes o sospecha de presencia, se recomienda el monitoreo temprano: inspeccionar las vainas en busca de picaduras o perforaciones, y abrirlas para detectar larvas o daños en los granos.
Eduardo Trumper, coordinador del Programa de Protección Vegetal del INTA, informó que ya se conformó una red de colaboración entre investigadores y extensionistas del organismo en distintas regiones, con posibilidad de sumar al sector privado.







































