En una jornada a campo organizada por el IPCVA en 9 de Julio, Buenos Aires, Agropecuaria Vidal SA mostró cómo articula cabaña, cría y recría en un sistema de pastoreo intensivo apuntado a superar los 1.000 kilos de carne por hectárea, con la pista de comederos electrónicos individuales más grande del país y un programa genético que genera más de 2.000 hijos por año con menos de 60 vacas donantes.
El establecimiento, situado a un par de kilómetros de la Ruta Nacional 5, se especializa en la raza Limangus y estructura su producción en tres unidades que se apoyan entre sí: genética de alta producción, cría y recría de precisión. El hilo conductor de todo el sistema es uno solo: la ganadería crece con datos.
Cada animal se pesa de forma periódica, se ecografía para conocer su área de ojo de bife y su grasa, se clasifica por conformación y aplomos, y los más prometedores terminan frente a una pista de 36 comederos electrónicos que registran, ración a ración, cuánto come cada uno.
El punto de partida es el programa genético. Se partió de una base muy grande de vacas para generar las primeras donantes e incorporarlas a un servicio de superovulación, de lavaje y de producción de embriones. Menos de 60 vacas donantes de pedigree pueden generar más de 2.000 hijos por año. Ese “acelerador genético” dejó más de 800 individuos sobre los cuales seleccionar.
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El veterinario Arturo Díaz, que trabaja hace más de tres décadas con el grupo empresario, sintetizó el espíritu del proyecto: “Dos animales que a simple vista parecen iguales, son de la misma raza, nacieron el mismo día, se criaron en el mismo ambiente, pero a la hora de convertir son totalmente distintos”. Y en ese punto fue que la empresa se aventuró a ir por más; para distinguir a ese individuo que los obligó a medir.
La jornada también abordó la trazabilidad electrónica obligatoria desde 2026 para los terneros, el uso de cultivos de cobertura en ganadería de alta productividad, la recría de precisión y el uso de drones para la gestión del rodeo. El concepto de RFI —consumo residual— fue otro de los ejes: “comer menos para producir más” como variable central de la rentabilidad individual de cada animal.
Detrás de toda esa ingeniería hay una cultura de empresa que Díaz resumió sin vueltas: cada vez que se llega a una meta, “al otro día te ponen una nueva”. El grupo empezó la cabaña hace cinco años, afinó la medición en los últimos tres y recién el año pasado sumó la cría y la recría al sistema de datos. La jornada convocó también a estudiantes secundarios y universitarios que se acercaron por iniciativa propia, una señal de que la ganadería de precisión está despertando interés en las nuevas generaciones.










































