Solo el 48% de la soja se fertiliza en Argentina y el picudo negro ya salió del norte: las alarmas del Seminario ACSOJA

Cuatro participantes del Seminario ACSOJA posan frente al panel de sponsors durante el encuentro agroindustrial.
En la apertura del Seminario ACSOJA 2026, realizado en la Bolsa de Comercio de Rosario, especialistas de FERTILIZAR AC y de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres del INTA coincidieron en que la soja argentina tiene una brecha promedio de 880 kilos por hectárea respecto de su potencial productivo en secano, y que dos factores la explican en buena medida: la baja adopción de fertilización y la expansión del picudo negro de la vaina hacia las principales zonas sojeras del país.

Roberto Rotondaro y Matías Saks, de FERTILIZAR AC, abrieron la charla técnica con un diagnóstico preciso: solo el 48% del área de soja de primera y el 17% de la soja de segunda se fertilizaron en la campaña 2025, con dosis en general bajas y muy por debajo de las que se aplican en trigo y maíz, donde la adopción supera el 80%. Frente a países competidores como Brasil, Argentina se encuentra en estado de riesgo: utiliza alrededor del 50-60% del nitrógeno y fósforo, y apenas el 35% del azufre que aplica el país vecino.

El fósforo es el nutriente central del problema. Aproximadamente el 60% de los lotes argentinos presentan niveles cercanos a la insuficiencia, con umbrales por debajo de las 14 ppm a partir de los cuales comienzan a registrarse pérdidas significativas de rendimiento. Cuando el fósforo resulta limitante, también cae la capacidad de la planta para formar nódulos y fijar nitrógeno atmosférico, lo que amplifica el impacto productivo. “Lo que el suelo necesita no se negocia. El fósforo sigue siendo el nutriente que marca la diferencia para construir rendimiento”, afirmó Rotondaro.


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Saks aportó otro ángulo: una nutrición balanceada permite incrementar hasta un 37% la eficiencia en el uso del agua, transformando cada milímetro de lluvia en mayor producción. “Una adecuada nutrición no solo aporta más rendimiento; también hace que el cultivo utilice mucho mejor el agua disponible y mejore la calidad del grano”, señaló.

El segundo bloque estuvo a cargo de Matías Medrano, investigador de la EEAOC, quien presentó la expansión del picudo negro de la vaina. La plaga, históricamente restringida al NOA —principalmente Santiago del Estero—, registró durante la última campaña daños en Córdoba y Santa Fe, con pérdidas que oscilaron entre el 10% y el 100% del rendimiento. El insecto presenta una sola generación por año pero con una emergencia prolongada de aproximadamente 190 días, sincronizando su ciclo con las etapas reproductivas del cultivo. El momento crítico ocurre entre los estados R5 y R6, cuando las hembras depositan los huevos dentro de las vainas y las larvas consumen los granos.

Frente a esa amenaza, Medrano subrayó que el monitoreo oportuno es la base de cualquier estrategia de manejo. Las recomendaciones incluyen monitoreo de suelo antes de la siembra, uso de paño vertical durante el cultivo, rotaciones con gramíneas —que no son susceptibles a la plaga y permiten cortar su ciclo—, tratamientos de semilla en situaciones de riesgo y aplicaciones foliares cuando el monitoreo lo justifique. Para evitar la dispersión hacia nuevas zonas, la limpieza de cosechadoras, camiones y equipos de transporte es fundamental.

“El picudo negro dejó de ser un problema regional para transformarse en un desafío nacional. La mayor ventaja que tienen las nuevas zonas afectadas es la posibilidad de anticiparse aprovechando toda la experiencia acumulada en el NOA”, remarcó Medrano. El panel cerró con un mensaje compartido: reducir la brecha de rendimiento de la soja argentina requiere atacar simultáneamente la fertilización subóptima y las amenazas sanitarias emergentes, dos frentes que hoy están lejos de estar resueltos.

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