Mostaza contra hongos y nematodos: INTA evalúa su poder biofumigante en el suelo

Cultivo de mostaza siendo incorporado al suelo con maquinaria agrícola para aprovechar su efecto biofumigante y mejorar la salud del suelo.
Especialistas del INTA Famaillá evalúan distintos cultivares de mostaza como herramienta de biofumigación para reducir nematodos, hongos y malezas. La estrategia aprovecha los compuestos que libera la biomasa al descomponerse y, al mismo tiempo, busca aportar materia orgánica y mejorar la biología del suelo.

Un equipo de especialistas del INTA Famaillá, en Tucumán, estudia el uso de distintas mostazas como cultivos de servicio con capacidad biofumigante, una estrategia que busca disminuir la presión de patógenos del suelo y reducir la dependencia de insumos químicos.

La técnica se basa en incorporar al suelo la biomasa de la mostaza para aprovechar los compuestos que se generan durante su descomposición.

“Durante ese proceso se generan compuestos que resultan tóxicos para diversos fitopatógenos. Estos compuestos son los isotiocianatos”, explicó María de los Ángeles Quinteros, investigadora del INTA Famaillá.

Qué busca controlar la mostaza

Los ensayos apuntan principalmente al manejo de nematodos, hongos fitopatógenos y malezas.

Trabajos previos realizados en tomate ya habían mostrado reducciones en poblaciones de nematodos y hongos, resultados que impulsaron nuevas evaluaciones en otros sistemas productivos.

Además del efecto sanitario, la incorporación de la biomasa puede aportar materia orgánica, mejorar la disponibilidad de nitrógeno y favorecer las propiedades físicas y biológicas del suelo.

Cómo funciona la biosolarización en frutilla

En cultivos como la frutilla, la estrategia combina el efecto biológico de la mostaza con el aumento de temperatura del suelo.

Primero se incorpora la biomasa, luego se realiza un riego abundante y finalmente se cubre la superficie con plástico transparente.

Este proceso, conocido como biosolarización, favorece la fermentación y eleva la temperatura del suelo, potenciando la acción sobre organismos perjudiciales.

Según Quinteros, la práctica puede contribuir a reducir el uso de agroquímicos, herbicidas y nematicidas, al tiempo que mejora distintas propiedades del suelo.

También prueban la técnica en cultivos extensivos

El INTA Famaillá también evalúa cómo trasladar el concepto a sistemas extensivos de granos de primavera-verano.

En estos casos, por la superficie involucrada, no se utiliza cobertura plástica.

La mostaza se corta aproximadamente 40 días antes de la siembra del cultivo de renta y se deja sobre la superficie.

Durante ese período, la biomasa se descompone y libera los compuestos asociados al efecto biofumigante, mientras incorpora materia orgánica al sistema.


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Delfina INTA, uno de los materiales evaluados

Entre los cultivares estudiados se encuentra Delfina INTA, una variedad de Sinapis alba desarrollada por el INTA.

Además de ser una mostaza comestible, presenta propiedades que podrían aprovecharse dentro de esquemas de biofumigación.

Su utilización como cultivo de servicio busca combinar varios efectos: aporte de biomasa, control de nematodos fitófagos y hongos, supresión de malezas y mejoras en la actividad biológica y en las propiedades físicas del suelo.

Los investigadores buscan determinar qué tan consistente resulta esa respuesta en distintos ambientes y sistemas productivos.

Otro cultivar desarrollado por universidades

En paralelo se analiza Santa Catalina UNLP, un material desarrollado por la Estación Experimental Santa Catalina de la Universidad Nacional de La Plata.

En esta línea participan también investigadores de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, junto con especialistas del INTA Famaillá.

Además, está en evaluación la mostaza india, Brassica juncea, variedad Santa Catalina.

El objetivo es comparar su comportamiento y determinar qué materiales presentan mejores características como herramientas de manejo integrado.

Drones e imágenes para medir cobertura y biomasa

El trabajo incorpora además herramientas de agricultura digital.

Junto con especialistas del Conicet, se utilizan imágenes satelitales, vuelos con drones e índices de vegetación como NDVI, VARI, GLI y NDMI.

Con estos datos se analiza la cobertura, la producción de biomasa y las diferencias entre ambientes productivos.

La información permite elaborar mapas y relacionar el comportamiento de cada cultivar con las condiciones específicas del lote.

Más que control sanitario

El interés por estas mostazas no se limita a reducir enfermedades.

Los materiales también son analizados como cultivos de servicio, con potencial para disminuir la erosión, aumentar la materia orgánica y favorecer la biodiversidad del suelo.

En Tucumán, el INTA continúa además evaluando Sinapis alba frente a nematodos, hongos y malezas dentro del vivero forestal de la Estación Experimental Famaillá.

Para Quinteros, estas especies pueden integrarse dentro de estrategias de manejo más amplias.

“Además de contribuir al manejo de organismos perjudiciales, estas especies permiten aportar materia orgánica y favorecer las condiciones físicas y biológicas del suelo”, destacó.

El desafío ahora será determinar en qué ambientes, dosis de biomasa y sistemas productivos la biofumigación con mostaza puede transformarse en una herramienta consistente para complementar otras prácticas de manejo.

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