Un relevamiento realizado por especialistas del INTA Hilario Ascasubi y la Universidad Nacional de Río Negro mostró que las lluvias acumuladas durante los primeros meses de 2026 reactivaron procesos biológicos que habían permanecido limitados por años de déficit hídrico en Patagones, sur de Buenos Aires. Con 326 milímetros registrados entre enero y principios de junio, los investigadores encontraron una intensa actividad de microorganismos, nódulos de Rhizobium y lombrices, aunque la respuesta fue muy diferente según el manejo previo de cada suelo.
El estudio comparó un pastizal natural, un sistema bajo pastoreo rotativo y un lote agrícola con avena y vicia villosa, y dejó una señal concreta: los ambientes con mayor cobertura permanente y menor alteración conservaron mejores condiciones físicas para aprovechar el regreso de las lluvias.
El agua volvió y reactivó procesos que estaban frenados
Patagones forma parte de una región donde la disponibilidad de agua condiciona buena parte de la producción agrícola y ganadera.
Después de varios ciclos con déficit hídrico, las precipitaciones de 2026 generaron un cambio visible no solamente en cultivos y pastizales, sino también debajo de la superficie.
“Con 326 milímetros acumulados entre enero y principios de junio, se observó una reactivación de procesos biológicos que permanecían limitados tras varios años de déficit hídrico”, explicó Martín Luna, especialista del INTA Hilario Ascasubi.
El agua permitió que microorganismos y organismos del suelo retomaran su actividad, con efectos sobre el reciclaje de nutrientes, la materia orgánica y la estructura.
Tres ambientes y respuestas muy diferentes
Para evaluar qué ocurría después de las lluvias, los técnicos analizaron tres sistemas representativos.
El primero fue un pastizal natural sin intervención.
El segundo correspondió a un pastizal manejado mediante pastoreo rotativo en el establecimiento Las Morochas.
El tercero fue un lote agrícola implantado con avena y vicia villosa de resiembra natural.
La comparación permitió observar que el regreso de la humedad no produjo exactamente el mismo efecto en todos los ambientes.
El historial de manejo continuó condicionando la capacidad del suelo para responder.
El pastizal natural obtuvo la mejor condición
Los investigadores utilizaron la metodología de Evaluación Visual del Suelo (EVS), que analiza 12 indicadores relacionados con estructura, funcionamiento y capacidad productiva.
El resultado más alto correspondió al pastizal natural, que obtuvo 48,1 puntos y fue clasificado dentro de una condición de calidad “Buena”.
El pastizal bajo manejo rotativo alcanzó 41 puntos, correspondiente a una condición “Moderada”.
En cambio, el lote agrícola registró 29,9 puntos y quedó clasificado como de calidad “Pobre”.
La principal explicación estuvo relacionada con problemas de alcalinidad y restricciones físicas capaces de limitar el desarrollo de las raíces.
La diferencia también apareció debajo de la superficie
Uno de los resultados más llamativos surgió al observar los sistemas radiculares.
En los ambientes con antecedentes de manejo agrícola-ganadero integrado se encontraron abundantes nódulos de Rhizobium, agregados formados por actividad biológica y presencia de lombrices.
Son señales de procesos que no siempre pueden observarse desde la superficie del lote.
Los microorganismos interactúan con las raíces, intervienen en el ciclo de nutrientes y participan en la formación y estabilización de agregados.
Las lombrices, por su parte, también modifican físicamente el suelo y generan canales que pueden favorecer el movimiento del agua y del aire.
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“El agua actuó como un despertador biológico”
Luna describió el fenómeno con una imagen clara.
“El agua de este año actuó como un verdadero despertador biológico para comunidades de microbios y lombrices que permanecían dormidas esperando su oportunidad”, explicó.
Durante una sequía prolongada, numerosos procesos biológicos disminuyen su intensidad.
La llegada de humedad permite reactivar esa actividad, pero la velocidad y magnitud de la respuesta dependen también de las condiciones que el sistema haya conservado durante los años adversos.
Ahí aparece la importancia del manejo previo.
Cobertura y raíces: una ventaja cuando vuelve a llover
Los ambientes con vegetación permanente y menor disturbio mecánico mostraron una estructura más favorable.
Según Luna, esas condiciones facilitan la infiltración del agua y permiten una exploración radicular más profunda.
Esto significa que una precipitación no necesariamente es aprovechada de la misma manera por todos los suelos.
Cuando existe buena estructura, una mayor proporción del agua puede infiltrarse y quedar disponible.
En suelos degradados, compactados o con restricciones físicas, parte de esa oportunidad puede perderse por escurrimiento o por una exploración limitada de las raíces.
No alcanza con medir cuánto llueve
El trabajo aporta una lectura especialmente importante para regiones semiáridas.
En general, el seguimiento productivo suele concentrarse en los milímetros acumulados.
Pero la cantidad de lluvia es solamente una parte de la ecuación.
También importa qué capacidad tiene el suelo para recibirla, infiltrarla, almacenarla y luego ponerla a disposición de las plantas.
Un evento de 30 milímetros puede tener efectos productivos muy diferentes según cobertura, estructura, materia orgánica, pendiente y estado de degradación.
Por qué importa mantener el suelo cubierto
Guillermo González, especialista del INTA Hilario Ascasubi, destacó que las prácticas conservacionistas pueden mejorar la capacidad de los sistemas para atravesar períodos secos.
La cobertura vegetal protege directamente la superficie.
Además, ayuda a disminuir pérdidas de agua por escurrimiento, limita la exposición a procesos erosivos y aporta residuos que alimentan la actividad biológica.
Este último punto es particularmente relevante en el extremo sur bonaerense, donde la erosión eólica constituye una de las amenazas recurrentes.
Mantener suelo desnudo aumenta la exposición frente al viento, especialmente durante períodos secos.
La siembra directa forma parte de un sistema, no es una receta aislada
Entre las alternativas analizadas por los especialistas aparece la siembra directa, pero su aporte debe entenderse dentro de un sistema más amplio.
Eliminar o reducir la remoción puede ayudar a conservar residuos y disminuir el disturbio.
Sin embargo, no alcanza por sí sola.
Rotaciones poco diversas, ausencia de raíces vivas durante largos períodos o determinados procesos físicos también pueden deteriorar la estructura aun bajo siembra directa, algo que Ruralnet ya abordó recientemente al analizar la formación de estructura laminar en los primeros centímetros del perfil.
Por eso, el objetivo no es simplemente “no labrar”, sino construir un sistema que integre cobertura, raíces, rotaciones y menor degradación física.
Una herramienta visual que puede utilizarse directamente en el campo
Otro aspecto destacado del trabajo fue la utilización de la Evaluación Visual del Suelo.
La metodología busca detectar alteraciones mediante observaciones relativamente sencillas realizadas directamente en el perfil.
Entre los elementos que pueden evaluarse aparecen características vinculadas con:
estructura, porosidad, raíces, compactación, agregación y funcionamiento general.
Su principal ventaja es que permite identificar problemas que después pueden estudiarse con métodos más específicos.
Para productores y asesores, representa una herramienta complementaria a los análisis químicos tradicionales.
Qué prácticas recomiendan para Patagones
A partir de los resultados, los investigadores proponen trabajar sobre varios principios.
Entre ellos aparecen mantener cobertura vegetal durante todo el año, incorporar pastizales dentro de las rotaciones, planificar descansos y reducir labores que deterioren la estructura.
No se plantea una única receta.
La estrategia debe adaptarse al tipo de suelo, sistema productivo y disponibilidad hídrica de cada establecimiento.
El objetivo común es aumentar la capacidad del sistema para capturar y conservar un recurso escaso: el agua.
La verdadera prueba llega cuando vuelve la sequía
La diferencia entre un suelo conservado y otro degradado puede pasar inadvertida durante un período favorable.
Con lluvias frecuentes, ambos pueden producir.
El contraste aparece cuando el agua vuelve a faltar.
“Cuando llueve todos los suelos producen; en los años secos, en cambio, son los suelos con mayor desarrollo de raíces y pastizales naturales los que realmente marcan la diferencia”, resumió González.
Esa observación sintetiza uno de los principales aprendizajes del relevamiento.
Las lluvias de 2026 permitieron reactivar la biología, pero también funcionaron como una prueba para observar cuánto había logrado conservar cada sistema durante los años difíciles.
En una región acostumbrada a convivir con la variabilidad hídrica, mejorar la salud del suelo no garantiza que llueva más. Sí puede definir cuánto de esa lluvia logra entrar, almacenarse y transformarse finalmente en producción.










































