Hasta el 40% de la lluvia se pierde en el lote: por qué el manejo del suelo define cada kilo que rinde el agua
En la agricultura argentina, el agua es el principal factor productivo. Explica entre el 70 y el 80% de la variabilidad de los rindes, pero aun así una parte sustancial de las precipitaciones no llega a ser aprovechada por los cultivos. Según estimaciones técnicas, en cada campaña se pierde cerca del 40% del agua caída, ya sea por escurrimiento o evaporación.
En ese contexto, la cosecha de agua —la capacidad del suelo para captar, infiltrar y distribuir la lluvia— se consolida como una de las variables más determinantes para sostener y mejorar la productividad.
El tema fue eje de una jornada organizada por CREA Sudeste, donde el investigador del INTA General Pico y docente de la Facultad de Agronomía de la UNLPam, Cristian Álvarez, analizó cómo el manejo del suelo impacta directamente en la eficiencia hídrica de los sistemas agrícolas.
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No toda la lluvia entra al sistema
Uno de los primeros conceptos que planteó el especialista fue la captación: cuánta del agua que mide el pluviómetro logra efectivamente ingresar al suelo.
“Un evento de 100 milímetros puede traducirse en resultados productivos completamente distintos según el manejo”, advirtió Álvarez en un artículo de Contenidos CREA. En muchos lotes, explicó, el agua no está entrando al sistema, y esa pérdida invisible condiciona el potencial de rinde desde el inicio.
En términos generales, los sistemas agrícolas argentinos logran aprovechar alrededor del 60% de las lluvias, aunque existen contrastes marcados. Hay ambientes donde infiltra más del 80% del agua, y otros donde no se alcanza ni el 50%. “Eso explica por qué en algunos campos el agua alcanza para un doble cultivo y en otros no llega ni para uno”, graficó.
Cada milímetro cuenta
El impacto productivo de la eficiencia hídrica es directo y medible. De acuerdo con los cálculos presentados, cada milímetro de lluvia bien aprovechado puede transformarse en:
7 a 8 kilos de soja
20 a 25 kilos de maíz
16 a 18 kilos de trigo
20 a 25 kilos de materia seca de alfalfa
Cuando el agua no logra infiltrarse ni distribuirse de manera homogénea, los problemas se hacen visibles: manchones de malezas, acumulación de herbicidas, deficiencias nutricionales y una fuerte heterogeneidad de rindes, incluso dentro de un mismo lote.
El rol del suelo y las decisiones de manejo
Álvarez remarcó que gran parte de estas pérdidas están asociadas a decisiones de manejo, especialmente en suelos agrícolas con alto potencial. La compactación, la falta de cobertura y el sellado superficial limitan la recarga del perfil.
“El agua debería llegar a los primeros dos metros del suelo, pero muchas veces queda atrapada en capas superficiales”, explicó. En algunos casos, detalló, la eficiencia de recarga se redujo a la mitad: donde antes se necesitaba 1 milímetro para recargar 1 centímetro de suelo, hoy se requieren 2.
Esa pérdida no siempre se refleja en los registros de lluvia, pero sí aparece luego como estrés hídrico, especialmente durante los meses de mayor demanda.
Napa, sales y alertas productivas
Otro factor clave es la napa freática. Una napa ubicada entre 1,5 y 2 metros puede ser una aliada del sistema, pero el escenario cambia cuando aparecen sales. “Con conductividades superiores a 3 o 4 dS/m hay que prestar mucha atención, porque se afectan cultivos sensibles como soja y maíz”, alertó.
La gestión de la cosecha de agua requiere el seguimiento de indicadores físicos, químicos y biológicos del suelo. La resistencia mecánica, evaluada con penetrómetro o pala, permite identificar capas compactadas, mientras que el pH resulta clave para evitar procesos de acidificación que afectan la disponibilidad de nutrientes y la nodulación en leguminosas.
El agua también se mide en dólares
Cuando estas limitantes se traducen en kilos que no se producen, el impacto deja de ser solo agronómico y pasa a ser económico. “El productor empieza a ponerle valor a cada milímetro que pierde”, señaló Álvarez.
El especialista subrayó que muchas de las restricciones actuales son el resultado de años de manejo y no admiten soluciones inmediatas. Requieren planificación, rotaciones bien diseñadas, cultivos de servicio y una estrategia integral de cuidado del suelo.
“Si no cosechamos el agua, es muy difícil cosechar carbono y también es muy difícil cosechar granos”, concluyó. Sin agua, advirtió, no se activa la biología del suelo, una condición indispensable para construir sistemas productivos estables y sostenibles en el tiempo.










































