Seguros agrícolas: en 20 años se duplicó la superficie asegurada, pero el agro aún busca mayor cobertura
La necesidad de gestionar el riesgo climático volvió a ganar protagonismo en el agro argentino. Con escenarios cada vez más variables y márgenes productivos ajustados, los seguros agrícolas se afirman como una herramienta clave para resguardar la inversión y sostener la actividad. Sin embargo, el crecimiento alcanzado en las últimas dos décadas convive con limitaciones estructurales que todavía condicionan al sistema.
Un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), elaborado por Giuliana Dellamaggiore, Emilce Terré y Julio Calzada, analiza la evolución del mercado asegurador agropecuario entre 2003 y 2024 y deja un dato contundente: la superficie agrícola asegurada se duplicó y alcanzó en 2024 su máximo histórico, con unas 23,6 millones de hectáreas cubiertas.
El recorrido no fue uniforme. Tras varios años de estabilidad inicial, el aseguramiento creció con fuerza hasta 2013, luego sufrió una contracción marcada a partir de 2014 y, desde 2018, inició un proceso de recuperación gradual que logró sostenerse incluso frente a la sequía histórica de 2023.
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Más allá del crecimiento en volumen, el informe destaca cambios profundos en la composición de los cultivos asegurados. Hasta 2020, las oleaginosas concentraban la mayor parte de la cobertura, pero desde entonces los cereales pasaron a liderar la superficie protegida, reflejando un ajuste en las estrategias productivas y en la percepción del riesgo.
El trigo se mantiene como uno de los cultivos con mayor proporción asegurada sobre el total sembrado, impulsado por su elevada exposición al granizo en etapas críticas. En paralelo, el maíz mostró un salto significativo en los últimos años, alcanzando en 2024 niveles récord de superficie cubierta.
En cuanto a los costos, el estudio señala que el valor promedio de las primas por hectárea para cultivos anuales se ubicó en torno a los 32.000 pesos constantes en los últimos cinco años, muy por debajo de los montos que enfrentan los cultivos perennes, donde el aseguramiento resulta considerablemente más oneroso.
El análisis de la relación entre primas y siniestros también deja señales relevantes. Mientras soja y maíz exhiben trayectorias relativamente estables, el trigo presenta mayor volatilidad, con picos asociados a años de eventos climáticos severos. Esto confirma que el riesgo climático no solo es creciente, sino también cada vez más difícil de anticipar.
En términos de capital asegurado, el mercado mostró una expansión significativa desde 2018, con máximos históricos en 2021 y 2022. Si bien en 2023 se registró una fuerte retracción, la recuperación parcial de 2024 reafirma el rol del seguro como pilar dentro del esquema de protección productiva.
Uno de los rasgos más persistentes del sistema es la fuerte concentración en pólizas de granizo simple, que siguen dominando tanto en cantidad de contratos como en superficie cubierta. Aunque se observa un leve avance de coberturas con adicionales, los seguros multirriesgo y paramétricos continúan teniendo una presencia marginal.
Esta situación expone una de las principales limitaciones del mercado: la dificultad para avanzar hacia instrumentos más integrales que permitan cubrir de manera eficiente riesgos como sequías, inundaciones o excesos hídricos. No obstante, el informe destaca experiencias provinciales público-privadas que incorporan tecnología, monitoreo satelital y buenas prácticas agrícolas como un camino posible para modernizar el sistema.
Pese al récord alcanzado, los seguros agropecuarios y forestales aún representan una porción reducida del mercado asegurador total, en contraste con el peso estratégico del agro en la economía argentina y su alta exposición climática.
El desafío hacia adelante no pasa solo por sumar más hectáreas aseguradas, sino por diversificar las herramientas de cobertura y fortalecer los mecanismos de transferencia de riesgos. En un escenario atravesado por el cambio climático, la gestión del riesgo deja de ser una opción individual y se convierte en una condición central para la sustentabilidad del sistema agroindustrial.







































