Enfermedades avanzan sobre la soja: por qué la prevención y el monitoreo son claves para proteger el rinde

La presión de patógenos, la variabilidad climática y los primeros indicios de resistencia a fungicidas obligan a ajustar el manejo sanitario. Especialistas advierten que anticiparse, elegir bien las estrategias y monitorear los lotes será determinante en esta campaña.

La sanidad de la soja, bajo presión: anticiparse es la nueva regla

La actual campaña de soja se desarrolla en un contexto desafiante para el manejo sanitario. La combinación de clima inestable, aparición temprana de enfermedades y diferencias genéticas entre variedades genera un escenario donde las decisiones estratégicas resultan determinantes para sostener los rendimientos.

Desde la Red de Manejo de Plagas (REM) de Aapresid insisten en un concepto cada vez más vigente: la sanidad no se resuelve con una aplicación aislada, sino con un enfoque integral que comienza mucho antes de que aparezcan los primeros síntomas.

Prevenir antes que curar

El punto de partida está en la semilla. Su calidad fisiológica y sanitaria, junto con una adecuada rotación de cultivos, conforman la primera barrera frente a los patógenos. Esquemas repetidos como soja sobre soja elevan la carga de inóculo y favorecen enfermedades de fin de ciclo, además de problemas en raíz y tallo.

Otro factor determinante es la elección del cultivar. Ensayos comparativos evidencian diferencias marcadas en tolerancia sanitaria entre materiales, incluso entre variedades antiguas —muchas veces más resistentes— y lanzamientos recientes donde este rasgo no siempre fue prioritario.


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El monitoreo periódico aparece entonces como una herramienta indispensable. Permite interpretar la relación cultivo–ambiente–patógeno y anticipar intervenciones en el momento oportuno. No es lo mismo actuar en etapas vegetativas que hacerlo avanzado el ciclo: cuanto más se demora la aplicación, menor suele ser la eficacia.

Datos de la REM muestran que cerca del 70% de las aplicaciones de fungicidas se concentran entre los estadios R3 y R4, lo que refleja la importancia de ese momento para definir estrategias.

El tizón de la hoja (Cercospora spp.) es uno de los casos más representativos: ya se registró resistencia a carbendazim y estrobilurinas, además de menor sensibilidad a otros principios activos. Su capacidad de repetir ciclos lo convierte en un desafío sanitario relevante.

También preocupa la mancha marrón, con resistencia comprobada a estrobilurinas, y la mancha anillada, donde comenzaron a detectarse indicios similares.

Frente a este panorama, los especialistas recomiendan un manejo anti-resistencia basado en rotaciones, control de hospederos, elección de variedades con buen comportamiento sanitario y programas de fungicidas que combinen distintos modos de acción, evitando subdosis y priorizando aplicaciones de calidad.

Los productos biológicos empiezan a consolidarse como complemento dentro del sistema. Hongos benéficos, microorganismos y bioestimulantes ayudan a mejorar la tolerancia al estrés y reducen la predisposición del cultivo a enfermedades.

Si bien todavía no reemplazan a los fungicidas tradicionales, pueden disminuir la presión inicial de patógenos e incluso reducir la frecuencia de aplicaciones químicas.

Una encuesta REM 2025 reflejó un crecimiento del 10% en el uso de estos insumos respecto al año anterior, con los bioestimulantes liderando la adopción, especialmente en soja.

Aplicar mejor, no necesariamente más

El consenso técnico es claro: cada aplicación debe responder a un diagnóstico preciso. El desafío pasa por conservar la eficacia de las herramientas disponibles mediante un manejo responsable y alineado con el funcionamiento del sistema productivo.

Las últimas campañas dejaron una enseñanza contundente: la sanidad dejó de ser un aspecto secundario para transformarse en un factor transversal que condiciona la estabilidad del rinde.

Con enfermedades conocidas, nuevos patógenos y mayor estrés ambiental, el mensaje vuelve a lo esencial: prevenir, monitorear y decidir a tiempo será la diferencia entre perder potencial o sostener la productividad.

Fuente: Aapresid

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