El decano de Agrarias de la UNR advierte que el desfinanciamiento universitario está empujando a docentes y técnicos fuera del sistema, en un contexto donde el campo demanda cada vez más conocimiento y profesionales calificados.
La escasez de ingenieros agrónomos que empieza a sentirse en distintas zonas productivas del país tiene una contracara menos visible, pero igual de preocupante: la universidad pública pierde talento porque ya no puede retenerlo. Así lo plantea Pablo Palazzesi, decano de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), en el marco de un informe especial sobre formación y recursos humanos en el agro.
La señal más cruda no llegó desde una estadística, sino desde la gestión cotidiana. Un trabajador joven de la facultad, no docente y con formación específica, presentó su renuncia para irse a trabajar como tractorista. La razón fue simple y contundente: el salario en el campo era mejor. “Eso sintetiza gran parte de lo que estamos viviendo”, resume Palazzesi, y aclara que situaciones similares también empiezan a repetirse entre docentes.
El decano conoce la institución desde adentro. Ingeniero agrónomo egresado en 1994, con una trayectoria que abarca el manejo del campo experimental, la docencia y distintos roles de gestión, hoy conduce una facultad atravesada por tensiones que exceden lo académico. “Tenemos que formar profesionales para un agro cada vez más complejo, pero con herramientas cada vez más limitadas”, advierte.
¿Faltan agrónomos o falta un sistema que los contenga?
El debate sobre la falta de ingenieros agrónomos aparece con fuerza en el sector productivo, pero Palazzesi propone correr el foco. Para él, el problema no se explica solo por la cantidad de profesionales disponibles.
“Hoy, en muchos casos, el ingeniero agrónomo termina reducido a firmar recetas. Eso habla de un problema estructural”, sostiene. En su mirada, si existiera un marco productivo y normativo que integrara de manera real producción, sustentabilidad y seguridad alimentaria, la demanda de profesionales sería mucho mayor y más estratégica.
De hecho, el mercado laboral no parece ser el obstáculo: “No tenemos ingenieros agrónomos sin trabajo. Se reciben y consiguen empleo rápidamente”, señala. El conflicto aparece cuando la universidad, encargada de formarlos, empieza a perder capacidad para sostener a quienes enseñan.
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El ajuste que expulsa capital humano
El tramo más delicado del diagnóstico tiene que ver con el financiamiento. Palazzesi describe un escenario donde la diferencia salarial entre el sector público y el privado se vuelve insostenible. “Se jubila alguien con muchísima experiencia y el que viene atrás, con 35 o 40 años, te dice que no puede seguir porque afuera le ofrecen el triple”, explica.
El caso del trabajador que dejó la facultad para subirse a un tractor no es una anécdota aislada. “Formar un buen docente o incluso un buen no docente lleva años. Y eso es lo que estamos perdiendo: personas que ya estaban en condiciones de conducir espacios clave”, remarca.
Para el decano, herramientas para revertir la situación existen, pero el sistema hoy no permite avanzar con la velocidad necesaria. Mientras tanto, la sangría continúa.
Cambios para no quedar fuera de juego
Aun en este contexto, la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNR avanza con transformaciones. Uno de los hitos recientes fue la implementación de un nuevo plan de estudios, que redujo la carga horaria total y flexibilizó los últimos años de la carrera.
“El abanico de trabajo de un agrónomo hoy es infinito: ecofisiología, ganadería, sensores remotos, inteligencia artificial. No todos tienen que saber lo mismo”, explica Palazzesi. La tecnología, agrega, dejó de ser disruptiva para convertirse en parte de la rutina productiva.
El impacto empieza a notarse también en el ingreso de estudiantes. En 2024, la facultad recuperó los niveles previos a la pandemia, con unos 360 nuevos ingresantes, apalancados por acciones de vinculación con escuelas agropecuarias y una fuerte articulación con el sector privado.
Pensar la agronomía que viene
Mirando a largo plazo, el decano plantea desafíos de fondo: carreras más cortas, trayectos formativos más ágiles e interdisciplinariedad como regla. “Hoy el promedio de graduación es de ocho años y las nuevas generaciones no quieren pasar tanto tiempo en la universidad”, reconoce.
El ingeniero agrónomo del futuro, sostiene, no podrá trabajar en soledad. “Los problemas productivos, ambientales y sociales son complejos y requieren equipos diversos”, afirma.
En el cierre, la advertencia es clara: la tecnología y el conocimiento están disponibles. Lo que está en riesgo es el sistema que debe sostenerlos. Si la universidad no logra retener a quienes forman profesionales, el impacto no será solo académico. Se sentirá en el campo, en el ambiente y en la sociedad.












































