La revolución agrícola que transformó a la ganadería

La revolución agrícola que transformó a la ganadería

La transformación tecnológica de la agricultura desplazó millones de hectáreas destinadas históricamente a la ganadería, pero al mismo tiempo impulsó un modelo productivo mucho más intensivo y eficiente. Del avance del maíz y el uso del silo a la irrupción del confinamiento y las nuevas forrajeras, el cambio fue profundo y estructural.

El salto tecnológico de la agricultura generó una fuerte demanda de tierras para expandir la producción de granos. En las tradicionales “tierras de pan llevar”, la ganadería extensiva no pudo competir con los altos rindes que ofrecía el nuevo esquema agrícola.

La realidad productiva era muy distinta antes de la soja y cuando el potencial del maíz apenas alcanzaba los 35 quintales por hectárea y el del trigo, los 18. Con la llegada de la soja RR, los híbridos simples de maíz y la generación de trigos Baguette, la ganadería basada exclusivamente en el pasto quedó en clara desventaja.

Las mejores invernadas lograban producir alrededor de 300 kilos de carne por hectárea. Para superar ese techo era imprescindible recurrir a la suplementación, principalmente con maíz.

Hace cuarenta años, Luis Marcenaro —referente de un destacado equipo de extensionistas de La Serenísima— lo resumía con una frase contundente: “viene un vecino con un Zanello y el tambero le da los mejores lotes para que siembre soja”. El cambio de modelo era inevitable.

Así, en la pampa húmeda la ganadería cedió unas 10 millones de hectáreas a la nueva agricultura. Sin embargo, a pesar de esa pérdida territorial, se logró sostener la producción de carne y leche.


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Un lote de maíz de 100 quintales puede transformarse en 1.500 kilos de carne simplemente utilizando el grano para alimentar un novillo. En el tambo, un kilo de maíz equivale a un litro de leche. Y cuando se incorpora el silo de planta entera, ese potencial se multiplica.

En ese contexto apareció el confinamiento, tanto en la producción lechera como en la de carne. Corrales, comederos y mixers marcaron un cambio profundo que aún está en proceso, con modelos mixtos conviviendo en la transición. La tendencia, no obstante, es clara: independizar cada vez más la alimentación animal de las limitaciones diarias del pasto.

En ambas actividades, la irrupción del silo de maíz fue la verdadera llave maestra. El sistema consiste en picar la planta entera y conservarla en un ambiente anaeróbico, capitalizando así el mayor potencial de rendimiento del nuevo paquete tecnológico del maíz. Los primeros pasos fueron modestos, con picadoras de arrastre de fabricación nacional, máquinas de dos surcos, camiones volcadores y tractores pisando silos puente.

Con el tiempo llegaron las picadoras automotrices Claas, impulsadas por Hernán Pueyo, referente de Integral Insumos, la cooperativa de Sunchales vinculada a Sancor. Surgieron los contratistas de silo, una de las principales fuentes de competitividad del sistema. El profesionalismo de los “ensiladores” promovió innovaciones que se adoptaron en la Argentina incluso antes que en otros países, como los procesadores de grano tipo “shredder”, desarrollados originalmente en Estados Unidos.

Fueron justamente los contratistas argentinos quienes impulsaron a Claas a incorporar estos procesadores en sus máquinas. Hoy su uso es un estándar: tamberos y feedloteros exigen que el grano de maíz quede finamente molido, algo que los equipos originales no lograban.

De este modo se pasó de un esquema de “ganadería para la agricultura” a uno de “agricultura para la ganadería”. La rotación con una fase ganadera pensada para recomponer fertilidad y controlar malezas dio lugar a una agricultura más intensiva que sirve de base a una ganadería también más intensiva. A comienzos de los años 90, muchos creían que se trataba de una moda pasajera. La realidad demostró lo contrario: el cambio llegó para quedarse.

Hoy el proceso avanza hacia nuevas etapas. De los confinamientos rudimentarios se pasó a sistemas que priorizan el bienestar animal, la recuperación de nutrientes y la valorización de residuos mediante la producción de bioenergía. Más productividad y mejores resultados económicos, en un camino que sigue generando debate, pero que avanza de manera inexorable.

La revolución forrajera no se limita al silo de maíz de planta entera. También se innovó con el silo de grano húmedo, que consiste en cosechar únicamente el grano mediante trilla convencional y procesarlo luego con una moledora embolsadora. Embutido al vacío y con alta humedad, el maíz se conserva sin necesidad de secado. Esta tecnología, patentada a nivel mundial por la empresa tandilense M&S, se expandió globalmente y fue el antecedente directo del embolsado de granos secos, una verdadera revolución logística.

Otro hito fue el desarrollo del silopaq, que permite confeccionar rollos de praderas con alta humedad. El sistema acelera los tiempos, reduce el riesgo de pérdidas por lluvias y tormentas y combina el enrollado y el empaquetado en una misma máquina. En el caso de la alfalfa, mejora notablemente la calidad del forraje a través del henolaje, consolidándose como otra herramienta clave de la nueva ganadería.

El resultado es contundente: con menos vacas lecheras se produce hoy más leche que hace treinta años, y con 10 millones de hectáreas menos se logró sostener el stock de ganado de carne. A esto se sumó el fuerte desarrollo de la cría en regiones extrapampeanas, especialmente en el NEA y el NOA, con nuevas razas como Braford y Brangus, pasturas megatérmicas y sistemas silvopastoriles.

Una vez más, la Argentina volvió a marcar el rumbo a nivel internacional, apoyada en genética ganadera y modelos productivos en constante evolución. El país nació con la carne. Y hoy, con nuevos ímpetus, la vuelve a proyectar hacia el futuro.

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