De qué manera se subsidia la energía

El presupuesto 2022 espera subsidios a la energía por cerca de US$5.700 millones ¿Cómo se subsidia? ¿De dónde proviene la energía que abastece nuestras casas y nuestras industrias? ¿Cuánto se importa? ¿Qué sector consume más energía?

 

Los autores agradecen los generosos comentarios del especialista en el sector Vicente Serra Marchese y del Ing. Químico Carlos A.M. Casares, especialista en hidrocarburos y docente de grado y posgrado.

En contexto: la matriz energética argentina

La energía en sus múltiples formas reviste una importancia fundamental para el desarrollo económico de los países. Sin energía no hay industrias ni comercios funcionando. Una robusta provisión de energía es también fundamental para la calidad de vida dentro de los hogares argentinos.

Argentina ha hecho punta en sus primeros pasos energéticos, dando origen en 1922 a Yacimientos Petrolíferos Fiscales, mejor conocida como YPF. Ésta fue la primera petrolera estatal del mundo. Desde entonces nuestro país ha recorrido un largo camino, donde la matriz energética ha mutado progresivamente en su oferta y demanda de energía.

En los últimos treinta años las producciones de gas y petróleo han mostrado sustanciales variaciones en sus participaciones sobre la matriz energética argentina. En la década del 70 la matriz energética argentina se encontraba dominada por el petróleo, que representaba casi el 65% de la producción total, mientras el 25% de la producción energética argentina consistía en gas.

Cuatro décadas más tarde, en la década iniciada en el 2010 los roles se habían invertido: la producción de energía en nuestro país se dividía en casi un 53% de gas y un 36% para el petróleo. Como bien destaca Einstoss (2020), esta transformación de la matriz respondió a una progresiva política de reemplazo de petróleo por gas natural en vistas del descubrimiento del yacimiento gasífero Loma de la Lata, volviendo abundante y competitivo al gas argentino.

En la actualidad, Vaca Muerta comienza a destacarse en su rol fundamental como uno de los yacimientos más importantes del mundo de shale oil y shale gas. Estos dos productos difieren del petróleo y gas convencionales básicamente por sus procesos de extracción.

Carlos Casares, especialista en energía, detalla que “la diferencia entre un reservorio convencional y uno no convencional es el tipo de roca, por lo tanto, las tecnologías utilizadas para extraerlo. En la extracción no convencional la roca es muy compacta, tiene poca porosidad, y por lo tanto el hidrocarburo no fluye, salvo que se lo estimule de alguna manera. Por ejemplo, con fracturas hidráulicas con inyección de arena para que no se vuelva a compactar. En tanto que los yacimientos convencionales son rocas muy porosas, donde, transcurrido millones de años, el petróleo y el gas fue migrando (desde la roca madre o shale) y alojándose, permitiendo que los hidrocarburos fluyan fácilmente o por bombeo o por surgencia.” (Casares, 2021).

En la matriz energética argentina se destacan Salto Grande y Yacyretá como los dos generadores más importantes de energía hidráulica, aunque las represas de las provincias de Neuquén y Rio Negro también cumplen un rol importante en la producción de esta energía. Tanto Yacyretá como Salto Grande se han visto afectadas sustancialmente en los últimos meses por la bajante del Paraná en su posibilidad de generación de energía. Más allá que han ganado capacidad en los últimos años, a lo largo de la última década el progresivo incremento de la demanda energética ha superado las alzas productivas. Consecuentemente, nuestro país ha requerido sostenidas importaciones de energía.

El consumo de energía ha crecido de manera heterogénea entre los diferentes sectores económicos, con especial preponderancia del consumo residencial. Al mismo tiempo, el transporte ha mostrado una leve caída en su porción de la demanda a lo largo de las últimas décadas, mientras que la participación de la industria es la que ha mostrado un mayor retroceso. El año 2020, atravesado por la pandemia, fue especialmente fatídico para estos dos sectores.

El gas natural y la electricidad son las principales energías que consume la industria, mientras el transporte se impulsa mayoritariamente con gasoil y naftas, aunque el biodiesel y el bioetanol han crecido en su desempeño en los últimos años, y pueden seguir creciendo de una forma considerable, solamente si hay voluntad de todos los sectores, ya que las condiciones están prestablecidas, poseyendo hoy nuestro sector una capacidad ociosa del 50 %. En los últimos años, la incorporación y finalización de los proyectos renovables lentamente van incidiendo en la matriz energética (Serra Marchese, 2021).

Cuanto y cómo: los subsidios a la energía

Cómo oportunamente destaca Einstoss (2020), desde el 2004 nuestro país comenzó un sendero declinante de la producción de gas por primera vez en su historia. De esta manera, para 2008 ya se había perdido el autoabastecimiento. Consecuentemente, en el período 2005-2015 se caracterizó por una caída del 20% en la producción de gas natural, mientras su consumo se incrementaba en la misma proporción. Necesariamente, se requirió la importación de gas desde Bolivia, lo que disparó el envío de gas desde nuestro vecino país en un 556% en ese período (Einstoss, 2020).


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La fuerte pérdida de divisas por crecientes ratios de exportaciones se observó a con especial hincapié en la década que acaba de terminar. Del 2010 al 2019 el déficit comercial del sector energético escaló a un promedio de US$ 2.980 millones al año, mientras que el saldo comercial promedio de ese mismo período muestra un superávit promedio de US$ 3.900 millones (OPC, 2020).

Como bien destaca la RAE, un subsidio es una prestación pública asistencial de carácter económico. La OCDE concibe a los subsidios como el resultado de una acción del gobierno que confiere ventajas a consumidores o productores para mejorar sus ingresos o reducir sus costos (OPC, 2020). La sanción de la Ley de Emergencia Pública y Reforma del Régimen Cambiario en el año 2002 mostrará el inicio de un período marcado por el congelamiento y consecuente atraso de tarifas de energía, las cuales no verán cambios hasta el año 2015 (Einstoss, 2020). La ley además, buscaba amortiguar la volatilidad de los precios de la energía (Serra Marchese, 2021).

En este sentido, el 2020 requirió una fuerte asignación de recursos debido a la crisis económica generada por la pandemia. Mientras los subsidios están proyectados a mantenerse sin cambios este año, el recientemente ingresado presupuesto 2022 aspira a reducir en 0,2 puntos del PIB el nivel de subsidios a la energía. Si consideramos que el peso del gasto estatal se espera en torno al 23,4% del PIB en 2022, los subsidios energéticos representarán entonces casi el 10% de los gastos del Estado. Consecuentemente, esperan totalizar un valor cercano a los $750.000 millones, un guarismo superior a los US$ 5.700 millones.

De acuerdo con Einstoss (2021), la reducción de subsidios del 2022 consiste en una reducción de los subsidios a CAMMESA, menores subsidios a IEASA (ex ENARSA), menos subsidios a la oferta de gas y menos impuestos al combustible importado. Este conjunto de supuestos se apoya en expectativas de una mayor producción de gas, menores importaciones y aumentos de tarifas a lo largo del año venidero.

Para mantener la competitividad y geopolíticamente minimizar la dependencia de los productores de hidrocarburos para la generación eléctrica, se han implementado subsidios indirectos en aquellos países más dependientes de importaciones energéticas, como Alemania, España y Francia (Serra Marchese, 2021). De hecho, en la reciente cumbre del clima COP26 realizada en Glasgow se hizo hincapié sobre la importancia de minimizar los subsidios a los combustibles fósiles y profundizar fuertemente los incentivos sobre los mercados de energías renovables.

En este marco, los precios regulados de la energía en nuestro país han atentado contra el ahorro de energía y la eficiencia energética. Resulta primordial que los subsidios a la energía se concentren en incentivar inversiones y en reducir tarifas sobre la demanda que realmente lo necesita (Casares, 2021).

Algunos comentarios finales

La progresiva reapertura de actividades a lo largo y a lo ancho del mundo viene impulsando actualmente la demanda mundial de gas, sin un correlato productivo que logre atender en su totalidad esta suba. Los precios del gas en Europa se han elevado un 500% y los inventarios se encuentra en mínimos históricos, lo que está llevando a una nueva crisis energética con epicentro en la Unión Europea.

Estas sostenidas subas han limitado la producción de fertilizantes, reduciendo potencialmente la producción alimentaria europea, lo que viene empujando aún más las subas de costos alimentarios en el mundo. El cierre de exportaciones de fertilizantes por parte de China y Rusia colaboraría aún más en esta dinámica.

Este contexto adverso para la provisión energética mundial es empeorado, aún más, por la bajante del Paraná. La producción hidroeléctrica en Brasil se acerca al 15% de su consumo energético nacional y se encuentra atravesando un período de secas con características quinquenal cuyo inicio se dio a fines del 2018.  A nivel de la matriz, el número de nuestro vecino redunda en un número sustancialmente mayor al 3,7% de participación que la energía hidroeléctrica tiene en Argentina. Consecuentemente, el gigante sudamericano espera incrementar su demanda de derivados de gas y petróleo, en vistas de una menor producción de las represas por el menor caudal de los ríos. Las importaciones de gas en julio fueron las mayores de la historia en un mes para nuestro principal socio comercial (Stapczynski, 2021).

El comienzo del verano europeo mostrará qué tan dependiente es el mundo del gas natural, como bien destaca Stapczynski. Esperemos que este contexto complejo encuentre a la Argentina posicionada en un lugar donde se pueda amortiguar cualquier impacto negativo que pueda darse, comenzando a una transición verde de su matriz energética mientras se mejora la provisión de subsidios a la energía.

El subsidio en sí mismo no es negativo, ni positivo, adquiere esa cualidad en la forma, tiempo y modo de implementación. Es decir, si es nuestro interés hacer más competitiva una industria en particular (ya que esa industria por ejemplo sustituye importación y divisas), es lógico subsidiar la energía para esa industria y el beneficio lo veremos prontamente. Si no logramos determinar una política sólida y sostenible de subsidios, y hacemos una política general de subsidios (que es mucho más fácil que actuar por sector), entendemos que el costo final será mucho más gravoso.

Fuente: Guido D’Angelo – Damián Bleger – Enrique Lasgoity BCR

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